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¿Competir con el narco para que no se lleve a los alumnos?

El título de este artículo es una de las frases expresadas por el director regional del Ministerio de Educación en Limón (La Nación, 21/5/2022) que se complementa con un artículo publicado por un joven limonense en este mismo periódico (13/1/2022), quien afirmó que en el Caribe destacan en atletismo y narcotráfico.

Lo preocupante es que lo mismo sucede en Puntarenas, en los barrios marginales de San José y el resto de las provincias. El narcotráfico es el principal competidor por los adolescentes en razón de la falta de oportunidades y el debilitamiento de las estructuras familiar y educativa.

El papel de esta última, por olvido de su ineludible responsabilidad de brindar contención y protección, ha sido desplazado por el énfasis academicista en el sistema educativo.

Lo anterior es solo una cara del complejo mundo que afrontan los jóvenes, por lo cual deberíamos estar brindando opciones que reviertan su realidad.

Parte de la complejidad es el proceso de cambios múltiples que acompañan la adolescencia y las transformaciones significativas en todas las esferas.

En lo físico, observamos el comienzo de cambios puberales más tempranos y, con mayor frecuencia, variantes normales y anormales.

En lo psicosocial, el proceso con el que se espera que concluya la adolescencia, formando una identidad definida al igual que un proyecto de vida y el establecimiento de una relación íntima de pares, en la actualidad no se produce en el plazo socialmente tradicional.

Lo que vemos es que al final se parte de una identidad mínimamente estable y, ante un futuro de gran incertidumbre, la gestión se convierte en una nueva habilidad deseable y necesaria.

Además, el período adolescente (de 10 a 20 años), dada las condiciones actuales, se superpone hasta como mínimo los 25 años, producto de lo desatendido previamente y cuyas consecuencias se expresan en estos años.

Se suma que el logro de una progresiva autonomía se extiende debido a la situación socioeconómica y se da, asimismo, un cambio cultural, en el cual el establecimiento de relaciones íntimas duraderas se pospone, mediado por una etapa de experimentación del amor y la sexualidad más consciente, amplia y diversa, que adquiere sentido si evoluciona con la madurez hacia la empatía, la igualdad y el compromiso.

Pretender en este mundo velozmente cambiante la estabilidad convencional no es la realidad de nuestros jóvenes. Si a esto agregamos que muchos se encuentran en condiciones de desventaja y vulnerabilidad, porque no tienen una familia o figuras de apoyo o un nivel educativo de calidad, enfrentar todo esto se complica más.

Se adiciona a este panorama el deterioro en las relaciones interpersonales, como es el elevado bullying escolar (30%), el aislamiento que promueven las redes sociales, la pandemia que lo reforzó con la pérdida de habilidades relacionales, el altísimo desempleo juvenil (34%) asociado a baja escolaridad (55% de 18 a 24 años sin secundaria), el fenómeno del consumo de drogas y el narcotráfico ya comentado.

Existe una acumulación de factores de riesgo, como son la obesidad, el sedentarismo y el consumo de comidas rápidas (chatarra), alcohol y tabaco, relacionadas con la aparición de enfermedades no transmisibles que representan el 70% de las muertes en el mundo y que en nuestro país las políticas de prevención son muy débiles (cáncer, diabetes tipo II, enfermedades cardiovasculares y respiratorias crónicas).

No solo se abandona a adolescentes y jóvenes en todos estos aspectos, sino también se les condena a una deteriorada calidad de vida adulta, en lo físico y mental.

Aunado a lo descrito, están las condiciones de precariedad, ya que, de acuerdo con la Encuesta continua de empleo, el 42,3% con edades entre los 15 y los 34 años no cotizan a la CCSS (394.000 personas) y, en el caso particular de las mujeres, la ocupación de las mayores de 15 años alcanzaba en el 2021 apenas el 38% en la Encuesta nacional de hogares.

Las inusuales conductas violentas o antisociales juveniles, las 230 denuncias contra estudiantes de secundaria en el 2022 y los 100 menores de edad condenados por delitos graves ponen de manifiesto este preocupante panorama.

Para revertir la situación, aunque no fue el centro de las políticas estatales de los últimos gobiernos, ejemplos exitosos de impacto orientan las necesarias intervenciones preventivas.

Uno de estos es el descenso del embarazo adolescente, que pasó de una tasa de natalidad en el 2013 del 17,8% a un 10,2% en el 2020, lo que representa un gran cambio en pocos años, producto del Proyecto Mesoamericano de prevención del embarazo adolescente, de la atención integral y uso de anticonceptivos modernos de larga acción, de la creación del Programa de Sexualidad y Afectividad del MEP y la aprobación de la ley contra las uniones impropias.

Lo paradójico es que son iniciativas que han surgido sin coordinación, no son política pública, por lo que la pregunta sería cuánto más se haría coordinadamente.

Atender las condiciones de los adolescentes y jóvenes no admite posposiciones, el momento de empezar fue ayer, pero todavía tenemos una estrecha ventana de oportunidad para cambiar el estado de las cosas.

Ojalá tragedias como la ocurrida recientemente en Texas no se presenten nunca en nuestro país para obligarnos a reaccionar.

Alberto Morales Bejarano es médico pediatra y Marcela Rodríguez Canossa es socióloga.

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