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Cómo echar a perder un servicio

Juan José Sobrado Ch.

Escoja un diputado maicero, déle una idea corronga que se financia con la entrega de un monopolio a unos pobrecitos. De inmediato, se la aprobará, y con sus congéneres, que son mayoría, la hará ley sin pensar en sus repercusiones, porque en sus horizontes sólo cabe el cálculo de pulpería del beneficio para los pobrecitos y la utilidad demagógica personal de la medida. Si el paso conviene o no al servicio público, que es lo único que debiera considerar --y que es lo verdaderamente político, porque al final lo que importa y lo que gana votos es el buen gobierno y no las buenas movidas-- no se toma en cuenta. Mucho menos cuenta la prohibición constitucional que impide entregar un monopolio a particulares, porque eso son "varas de abogados", y lo que importa, en el teatro de las apariencias donde actúan, es el "logro" como golpe político inmediato.

El favor del pobrecito, he ahí el gran truco que justifica cualquier cosa y que hace desaparecer el sentido normal del bien público. Bajo su manto mágico caen todas las resistencias y nadie se atreve a oponerse --siempre que las consecuencias caigan sobre el bolsillo de otros-- de modo que la fórmula es infalible. Alegue el bienestar de algún pobrecito, y podrá hacer cualquier cosa, no porque a la nueva clase política le interese verdaderamente dicho bienestar, sino porque le interesa aparentarlo.

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