Es que me la pusieron picando. Y para esas cosas, yo no me puedo contener. Mea culpa.
Resulta que la maestra de catecismo le dijo a Grettel, una niña de 10 años de edad, que para hoy, 1.° de noviembre, todos sus alumnos tenían que ir a un rezo vestidos de santos. La actividad se había organizado para conmemorar en su día a estos seres humanos extraordinarios que están cerquita de Dios y, según la fe católica, interceden por nosotros.
–¡Yo no quiero ir vestida de santo! –le dijo Grettel a la maestra de catecismo. Y la catequista, que con muy buena voluntad hasta había traído a la clase todo tipo de telas y mantos para ayudarles a las familias a recrear a los personajes, peló mucho los ojos y le dio las quejas a la mamá de la niña.
–Señora, vea a ver usted qué hace con su hija, porque no se quiere vestir de santa para la actividad del 1.° de noviembre.
La mamá me lo contó ayer en la mañana. Y ahí empezó mi diablillo interior a funcionar. O quizá más bien fue mi ángel… porque, en estas cosas, me parece que el signo cambia y debajo del traje rojo se vislumbra a veces un ala blanca, de igual manera que detrás de un traje de oveja se salen algunas garras.
–¿Y por qué no le decís que vaya vestida de muerta? Y hasta le ponés maquillaje con buena cantidad de sangre –le contesté.
La mamá de la niña se echó a reír, pero se negó.
–¿Te imaginás a la niña llegar a la actividad vestida de zombi en medio de chiquillos disfrazados de monjas y curas con aureolas doradas de cartón en la cabeza? –me dijo la mamá.
–No la dejarían entrar: si el Halloween despierta, en ese contexto, más indignación que la que desata el quitar presupuesto a la educación de los niños o a los comedores infantiles.
Pero yo repuse a mi favor:
–Es que yo no sugiero una defensa del Halloween, aunque es cierto que me gusta mucho ver a niños y niñas que se visten un día al año de aquello que les da miedo, y así toman control de sus temores, mientras piden confites de la mano de sus padres. Pero eso es debate para otro artículo. Ir vestida de muerta chorreando sangre –yo no dije zombi– está justificado.
Si uno va a la iglesia de Barva de Heredia, podrá ver a san Bartolomé con su piel arrollada a un costado, pues el santo fue desollado. Santa Lucía es representada mostrando sus ojos sobre un plato y San Sebastián está lleno de flechas en el cuerpo. Si el cielo fuera tal y como lo representan algunos templos católicos, uno, en lugar de alegrarse por llegar a la Gloria, se asustaría por entrar a una casa de sustos. Por dicha, no es así.
La vida de muchos santos está marcada por torturas, asesinatos y desmembramientos que muestran lo peor de la condición humana. Por eso, ir vestido de esa realidad a una reunión para recordarlos sería una expresión artística realista de aquello que suele romantizarse: la crueldad de atacar, destruir, torturar y ejecutar a quienes fueron perseguidos por pensar diferente. Aunque, para ser justos, los santos no fueron las únicas víctimas de esas prácticas: la Inquisición está del otro lado de la balanza.
Ahora bien, ¿qué pasaría si una noche de Halloween llega un chiquito vestido con hábito de cura y aureola dorada de cartón? Haría un contraste hermoso con los vampiros, los hombres lobo y las momias.
Sé que, para mucha gente religiosa, eso sería confraternizar con el enemigo y contaminar de azufre su excelsa santidad. Yo lo veo distinto: como un símbolo artístico que nos mueva el piso y nos saque de ese artificial cajón donde ponemos el mundo en blanco y negro. Ese mundo que nos siguen vendiendo, mientras diluyen los matices grises que siempre hemos tenido y que nos caracterizan como humanidad.
Y no hablo solo de la fe. Más que nunca, hablo de la política, donde dividir sirve para manejar convenientemente a las masas y marcar la raya entre buenos y malos: ángeles y demonios, zombis y santos.
Nada más alejado de la humanidad, donde cada uno lleva todo eso revuelto por dentro. Solo poniendo a dialogar nuestras luces y sombras podemos crecer como personas y como sociedad.
De carajillo, yo me vestí de Drácula y guardo ese recuerdo como uno de los mejores de mi infancia. Recuerdo las fiestas del 31 de octubre en casa, con mi primo Alfredo, quien intentaba disfrazarse fallidamente de momia y tenía que ser auxiliado una y otra vez por nuestra abuelita elegida, Tentén, para reparar el envoltorio del espectro egipcio cada cinco minutos.
Gozar de todo eso no me impidió hacer la Primera Comunión, ni participar de la misa de Juan Pablo II en la Sabana, en 1983, donde recibí la eucaristía de su mano.
Poner a dialogar las fuerzas que somos por dentro y por fuera: eso me gusta más. Quizá por eso hace falta meter santos en Halloween y muertos en el Día de Todos los Santos. Con transparencia, humor y buenas intenciones.
Aunque confieso, eso sí, que me gustan más los ángeles disfrazados de diablos que los diablos disfrazados de beatos y beatas, jugando de santos y actuando como demonios. Azufre disfrazado de incienso huele peor.
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Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.