
El bibliotecario invisible de Buenos Aires lo vuelve a hacer: deja un libro más que ya terminó de leer envuelto en papel de regalo en alguna banca de un parque, en la parada de bus, al lado de un monumento; en fin, perdido por algún rincón de la capital argentina.
Su trabajo como taxista le permite diseminar esa semilla sin secuencia lógica, completamente al azar, aunque el ritual sea siempre el mismo: una leyenda sin firma alentando el hábito de la lectura, y luego huir sin voltear la vista porque teme conocer las reacciones. Está convencido de que la imaginación es el mejor complemento para elaborar el diálogo interno que dejaron aquellas páginas en medio del pesado tráfico porteño.
Desde la sombra de un árbol, con mi pareo extendido y mis pies descalzos sobrepasando la manta, tocando –sintiendo– la humedad de la tierra y el zacate con mis manos echadas hacia atrás, lo observo encubierto a la distancia. Vuelve a ver a todos los lados para que no se descubra su identidad, suponiendo que pasa inadvertido. Poco después, huye deleitado como un niño que consumó una travesura, con una expresión que mezcla impunidad y satisfacción social.
Visualizo entonces mi biblioteca, con algunos libros ordenados y otros apilados, todos recubiertos por una manta sutil de polvo. Vuelvo a los recortes de periódicos amarillentos ya, las revistas guardadas sin un orden definido, las fotocopias que una noche fueron el insumo para el suplicio antes de algún examen.
Veo más libros que se desbordan como una fuga de agua que se extiende por toda la casa, que se rebalsa hasta mi habitación, la mesa de noche, los pasillos. Tropiezo contra un par de torres de los ejemplares más recientes que brotaban por generación espontánea; otros también habitaban los baños, en la cocina, o estaban estropeándome la vista hacia el televisor, prohibiéndome sentarme cómodamente en el sofá de la sala.
Habían tomado vida propia y el aire se tornó un poco espeso, con un olor a moho y a guardado. El ambiente semejaba al de los acumuladores que salen en las series, a los coleccionistas incesantes de decenas de mascotas. Aun así, sabía que no podía deshacerme de ellos.
“(…) por eso quería que camuflásemos la puerta de nuestra estancia, y así lo hemos hecho, y parece como si fuera una estantería llena de libros, pero en realidad es una puerta, porque los estantes con libros están fijados con bisagras, por eso la puedes abrir como una puerta (…)”, decía Anna Frank en su diario. Y yo pienso en las puertas que se abren por esas lecturas, en los escondites encubiertos por los que puedo huir, pero, sobre todo, en la relación íntima que hemos ido desarrollando ellos y yo, en nuestro diálogo permanente, estemos cerca o lejos. En lo que me dicen y lo que yo les respondo –leyéndolos, ignorándolos, peleándome conmigo mismo o contra el estúpido autor, quedándome dormido, aburriéndome, visualizando escenas mentales con fascinación, desconectándome de este mundo, perdiendo el control porque no puedo dejarlos ni abandonarlos, porque los leo incluso mientras desayuno, serenándome, perdiéndome del mundo en una tarde de domingo, desapareciendo y desintegrándome–. Aunque yo sí lo haga, ellos no me juzgan ni me condenan; dispar, sí, pero es la relación ideal, porque son incondicionales.
Respiro profundo y –de vuelta en el parque– veo las hojas de los árboles moverse y algunos haces de luz que penetran a través del follaje. Y pienso en qué pasaría si yo también los regalara, si me quedara no con las páginas, sino con las sensaciones que experimenté mientras los leía, con las ideas que rebotaban en mi cabeza en aquel instante, con el recuerdo de alguna cita bibliográfica maravillosa que, por más que lo intente, no podré recordar textualmente jamás, pero que seguirá habitando en mí.
¿Y si el espacio en los estantes fuera llenado con reminiscencias, angustias, carcajadas a solas, lágrimas sin freno, o esa certeza de que alguien pudo poner en palabras lo que yo tengo una vida entera en intentar expresar?, ¿y si lo lleno mejor con la complicidad con que discutimos Andrés y yo en la barra de algún bar el último libro que nos leímos?
¿Y si las fotos del carrete del teléfono las borráramos, y solo nos quedáramos con el momento exacto en que John Mellencamp cantó Human Wheels, o con los rayos de sol que esquivan las palmeras de Pavones en una tarde muy Golfo Dulce, o con la presión de los puños fuertes, apretados, en medio de aquel abrazo después de tantos años de no vernos?
¿Y si los seres humanos aprendiéramos a soltar, a despojarnos, a dejar ir y hacer este viaje más liviano antes de partir?
Gracias, José David Guevara, porque nuestra conversación ayudó a darle vida a esta columna
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
