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Adiós, don Mario

A fines de la década del ochenta, mi hermano Miguel me regaló un set plástico de damas chinas y ajedrez. El primer juego lo conocía, el segundo no; pero la fijación con esas figuras casi mitológicas de reyes, reinas, peones, alfiles, caballos y torres fue inmediata. Otro hermano, Juan Rafael, me enseñó a mover las piezas con la advertencia de que él nunca jugaría conmigo, porque no tenía paciencia.

Durante mi último año de primaria tuve un profesor de Educación Física excepcional, Crisanto Ulate Vargas, quien, además de organizar torneos de fútbol, organizó uno de ajedrez, y ahí finalmente pude sacarme las ganas. Terminé en segundo lugar, detrás de Ilya Varela Savicheva. Fue una proeza haber perdido únicamente contra el chico ruso de la escuela; lo vergonzoso fue que me liquidó con un mate en cuatro jugadas: el Pastor .

Con esa derrota nacieron juntas la obsesión y la pasión. Los años siguientes parecen una nebulosa en la que se mezclan rostros colegiales y lugares diversos. Lo único que veo con claridad es que siempre estoy sentado frente al tablero. Tengo la impresión de que todo lo que hice en el cole fue jugar ajedrez, y que en mi tiempo libre estudiaba matemáticas y cívica.

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