El fanatismo aporta la convicción ciega de que la jihad o "guerra santa" es matar estadounidenses como sea y, si al hacerlo el creyente muere, irá directo al Paraíso. También suministra la modernidad, el conocimiento y los medios políticos, financieros y técnicos para hacerlo eficazmente, aunque sea contradictorio por ser "instrumentos del demonio".
Con suficiente masa crítica, en la forma de Estados delincuentes que lo protegen, y grandes recursos económicos para organizar esas piezas tan siniestramente concebidas, la globalización y el secreto facilitados por las comunicaciones masivas y el laxo sistema financiero mundial, aportan los elementos restantes. Basta entonces que un genio del mal como Osama bin-Laden, inspire y potencie el fanatismo que es el eje central de todo en la forma malévolamente cuidadosa y obsesiva como lo ha hecho, para que resulte una amenaza contra toda la civilización occidental. Porque la guerra bacteriológica y nuclear puede entonces ser privatizada en cualquier momento por estas fuerzas en beneficio de su visión psicópata, debido a la proliferación de estas armas en manos de Estados delincuentes y la peligrosa desintegración del arsenal soviético, aparte de que los conocimientos necesarios cada vez son más públicos.
Controlar el peligro. En la incapacidad de normalizar a todos los habitantes del planeta, esta gran amenaza la mayor a la paz en el siglo que se inicia solo se puede enfrentar con acciones sobre sus elementos controlables. Sobre los Estados que protegen el terrorismo, sus comunicaciones, organización y finanzas globalizadas, al igual que las nuevas drogas que matan el cáncer destruyendo la red de vasos capilares que lo alimentan. El germen puede quedar, porque es imposible eliminarlo totalmente, pero el peligro se controla. Por eso, aunque se mate a bin-Laden y se destruya su organización, no se elimina el problema, que resurgiría con el terrorista que lo sustituya. Hay que destruir todo lo que hace posible el terrorismo.