Opinión

Ética de la caricia

No hay en el mundo criaturas tan inteligentes como las manos


      
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La caricia no necesita partitura. Es improvisación pura. Busca sin encontrar, encuentra sin buscar. Inventa y recrea el cuerpo que recorre. Traza su itinerario sobre la marcha. No sabe de dónde viene ni hacia dónde se dirige. El suyo es un peregrinaje a tientas. La piel embriagándose con la piel. Delirio mutuamente atizado. La caricia no pretende descifrar ni penetrar arcanos. No es una forma de conocimiento –el conocimiento siempre busca poseer, controlar–. Las manos no son cartógrafas: la topografía del cuerpo les es indiferente. Las manos son simples merodeadoras deslumbradas ante todo aquello que descubren. No aferran, no cavan surcos como el arado sobre la tierra labrantía, no llenan de cercos el cuerpo del ser amado.

Las manos son caminantes cuya sed de belleza se redobla ante cada rincón en sombra, cada textura, cada paraje que a ellas se ofrece. Y el cuerpo –siempre el mismo y siempre diferente– se deja agradecido reinventar por ellas. Manos que constatan la sustancialidad de aquello que acarician. Toda caricia esculpe, toda caricia dibuja y colorea, toda caricia transforma el cuerpo en música viviente y estremecida.

Descubrimiento y desdoble. A través de la caricia el niño aprende el amor. Es ella la que nos permite descubrir nuestro propio cuerpo, así como la terrible realidad que intuyera Rimbaud: “Yo es otro”. Al acariciarnos a nosotros mismos, debemos desdoblarnos y descubrir con estupor la alteridad interna que nos escinde y fractura: esas manos que me recorren: ¿son realmente mías?

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