Opinión

El fin de la domesticación

Algunos ciegos no advierten la Fuenteovejuna que tienen al frente

Lo más extraordinario –en el literal sentido de que se sale de lo ordinario– del movimiento cívico en contra del "combo del ICE", es que espontáneamente salió de las entrañas de la mayoría del pueblo. Cierto que hubo organización y movimientos de sindicatos y grupos populares, pero éstos solo encendieron la chispa que prendió un combustible largamente acumulado. Al igual que el tramo final de calor no es el que pone súbitamente el agua en ebullición, sino en suma con los anteriores, los cabecillas no provocaron el cambio de estado, sino encabezaron un movimiento que ya estaba en el aire, y que sólo esperaba el momento apropiado para desencadenarse.

Las causas no fueron por tanto la supuesta perversidad de los dirigentes sindicales o la alegada demagogia del diputado Merino, como lo pretenden algunos, que ciegos no advierten la Fuenteovejuna que tienen enfrente. Miren a su alrededor, y sumen cuántos, quiénes y por qué se oponen al proyecto.

Derribar Bastillas. Aquel momento llegó cuando se tocaron fibras emocionales asociadas con el ICE, institución que representa logros nacionales–verdaderos y legítimos –y amenazarlos torpemente, como ocurrió, tenía que provocar, como provocó, la reacción indicada. Tocarle uno de sus motivos de orgullo –y de seguridad– a un pueblo frustrado y humillado durante muchos años, y que además se siente amenazado, para imponerle un modelo que no quiere, que siente amenazante, y que en todo caso es innecesario, porque la renovación eléctrica y telefónica puede lograrse de otra manera, era un claro acto de provocación. Y, si se agrega el reciente acto de fuerza contra los agricultores de Tierra Blanca que, por muy legal que fuese, imponía a garrote un modelo perjudicial de apertura agrícola, que ninguna nación importante practica, la dinámica del asunto ya quedaba lista para derribar Bastillas. Empezando por la de la domesticación.

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