Opinión

El espíritu de la risa

 Hay un rasgo peligroso en el reír, y es reírse de alguien

Reír con alguien es hermoso. Reírse de alguien es vil. La risa común elimina casi la distancia entre el tú y el yo. Nunca están dos espíritus tan cerca el uno del otro como cuando se ríen de lo mismo. En esa risa coinciden existencialmente. Solo el amor es capaz de reducir aún más la distancia natural entre dos seres humanos. Piénsenlo bien y verán que es cierto. Al reírnos de lo mismo vibramos al unísono, nos hacen cosquillas exactamente en el mismo nervio del alma.

Pero hay un rasgo peligroso en el reír, y es, como ya lo he mencionado, reírse de alguien. La burla, la mofa, la degradación de la víctima. Veamos qué es lo que pasa. Si frente a nosotros pasa un caballero muy atildado, se para en una cáscara de banano y se cae aparatosamente, ¿debe esto movernos a la risa o a la solidaridad? Si movilizamos lo que Bergson llamaba la “empatía imaginativa”, es decir, si nos ponemos en el lugar del caballero de marras, la caída es experimentada como una pequeña tragedia personal. Para ello hay que, por así decirlo, transmigrar al alma de la víctima, contemplar el mundo desde su óptica, en otras palabras, asociarnos a él emotivamente. Nos moveremos en su auxilio, lo ayudaremos a levantarse del suelo, le preguntaremos si no se ha hecho daño.

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