¿El individualismo que predomina actualmente en nuestro medio es el mismo de siempre, o se trata de un nuevo fenómeno cualitativamente diferente? El individualismo primigenio costarricense, que no excluía la cooperación y solidaridad, ha venido evolucionando en nuestros tiempos, especialmente desde sectores influyentes en las esferas de poder, hacia un egoísmo burdo caracterizado por la frase “’porta’mi”, equivalente del clásico de la literatura española “ande yo caliente, muérase la gente”.
Existen varias hipótesis sobre las condiciones históricas que estimularon el individualismo, se habla mucho del peso histórico que tuvo la pequeña y mediana empresa en nuestra historia y la forma en que ésta propició, en un país sin minerales preciosos y con poca población, el aislacionismo de la región y un distanciamiento físico entre los habitantes. Efectivamente, estas condiciones estimularon cierta forma de individualismo desde las etapas iniciales de nuestra colonización.
Recordemos, además, que las gobernaciones, durante la Colonia y los Estados durante el siglo XIX y buena parte del XX, fueron relativamente débiles para desarrollar infraestructura y garantizar la seguridad y estabilidad de la vida económica y social. Aunque cada campesino se concentraba en su empresa familiar, dependía en gran medida de la reciprocidad y solidaridad de la comunidad, con la que a menudo tenía relaciones de parentesco, para resolver los problemas colectivos como la construcción de un puente, el arreglo de los caminos o el transporte al hospital de un enfermo o picado de culebra.
Empresa familiar. Podemos establecer como una afirmación provocadora, que la convivencia común y la cooperación ante los problemas, fueron sensibilizando y matizando el individualismo original, ante lo que podríamos llamar el interés personal bien entendido. El éxito de la empresa familiar dependía en cierta forma de la solución de los problemas comunes y estos, ante un Estado pobre, no se resolvían si no era a través de la cooperación entre vecinos, estimulando la formación de cultura cívica.
Quizás una expresión pragmática de este interés personal bien entendido , que no descarta elementos paralelos de una moralidad estimulada por las relaciones de parentesco predominantes en amplios sectores y las políticas universales de educación, entre otros, se expresa en la respuesta de un campesino enriquecido a la pregunta de porqué él y otros vecinos de Monterrey, en San Carlos, le resolvían el problema de leche, queso, carne y otras necesidades a la viuda de un peón que se había desnucado dejando cinco niños.
En vez de alegar razones altruistas lo resumía de la siguiente forma: “Si esos niños no comen, se volverán animalitos salvajes y vendrán a llevarse mis terneros”. Por moralidad o pragmatismo este sentido de la ecología social, orientándose por el interés personal bien entendido , hace que la cooperación sea al mismo tiempo congruente con los intereses de la comunidad.
Este individualismo primigenio, estimulado por el proceso de colonización y enraizado aún en muchas comunidades rurales, aunque predominante durante buena parte de nuestra historia, no fue siempre compartido por todos los miembros de la comunidad. En “Los cuentos de Tía Panchita”, recogidos de tradiciones antiguas por Carmen Lyra, en la primera mitad del siglo XX, se confronta y valora positivamente al campesino solidario contrastándolo con el egoísta que solo piensa en su interés inmediato. No obstante la diferencias que siempre han existido, es de suponer que en el pasado hubo condiciones estimulantes del interés personal bien entendido en el sentido expresado antes.
Posteriormente con el crecimiento poblacional, institucional y económico al reducirse la participación en la propiedad por la proletarización y la división de la tierra en minifundios, pero sobre todo por la reducción en la gestión autónoma local promovida por el estado clientelista que mina el civismo y la ciudadanía, se debilita la cooperación y se genera dependencia.
El edificio colectivo. En estas condiciones aflora un tipo de autismo social promovido desde las instancias de poder, que empobrece y desequilibra la vida social y pública. Impulsado por las corrientes neoliberales y fortalecido por enfoques religiosos de salvación individual, que ubican lo moral en el ámbito genital al mismo tiempo que reducen el amor al prójimo a la caridad mediática de navidad o a los espectáculos montados por los medios de comunicación masiva. De tal forma que contribuye, en todos los niveles de la escala social, a desintegrar los sistemas solidarios efectivos del pasado.
Esto es particularmente grave en sus repercusiones institucionales porque se ha venido atomizando el Estado socavando el edificio colectivo, del cual dependemos todos.
Como lo resumía un latinoamericano comparándonos con su país: “En nuestro país los políticos roban construyendo las obras públicas necesarias, aquí se hace lo que facilita el robo y no lo que se necesita”.
No obstante, el terremoto de Cinchona, como otras emergencias en el pasado, nos hablan de una gran reserva de solidaridad y generosidad en las bases de nuestro país, que debemos aprovechar para reorganizar y reorientar, devolviendo la soberanía a las comunidades, regionalizando y descentralizando, para retener y fortalecer nuestro capital social histórico. Una gran tarea, sin la cual no hay futuro.