Opinión

EE. UU. rechaza este TLC

Es obligación del Partido Demócrata defender a los trabajadores de EE. UU.


      
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Cuando los demócratas ganaron la mayoría en el Congreso de Estados Unidos, se produjo un cambio fundamental en la política exterior de esa gran nación, que naufragaba ante el triste resultado de los delirios imperialistas y violatorios del Derecho Internacional del presidente Bush. Parte de esos delirios se impusieron –también contra la ley y los principios de los EE. UU., que lo prohibían– en el TLC con Centroamérica, e igualmente también después en el TLC con Colombia, Perú y Ecuador.

Pieza esencial de eso son las normas sobre arbitraje obligatorio inversionista-Estado, que, como lo denuncié desde estas columnas (“El Inaceptable Capítulo Diez del TLC”), permiten al inversionista poner sus propias reglas –por encima de la legislación nacional– para regular las concesiones sobre toda clase de bienes y recursos públicos, lo mismo que para juzgar los actos administrativos del Estado recaídos en el accionar de una empresa. Poner la propia ley por encima de la nacional, implica tirar por la borda el principio clave de legalidad que rige actualmente a los políticos y funcionarios, y que les impide hacer lo que la ley nacional expresamente no les permite.

Reglas lesivas. En forma similar, también ese capítulo remite a tribunales arbitrales en el extranjero, la decisión –clave y transversal para todo el tratado– de los supuestos de “expropiación indirecta”, bajo reglas lesivas al interés público y contrarias al orden constitucional, tanto costarricense como de los EE. UU.

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