Editorial

Editorial: El fin de una tenebrosa dinastía

El colapso de la tiranía siria merece celebración, aunque plantea también nuevos riesgos y desafíos

Bashar al Asad, presidente de Siria, gesticulando durante una entrevista televisiva en un contexto de fondo oscuro con estantes de libros.
Bashar al Asad durante una entrevista televisiva en el 2013. Foto: archivo de La Nación. SANA
Bashar al Asad, presidente de Siria, gesticulando durante una entrevista televisiva en un contexto de fondo oscuro con estantes de libros.
Bashar al Asad durante una entrevista televisiva en el 2013. Foto: archivo de La Nación.

La tenebrosa dinastía de la familia Asad perdió el poder en Siria. Tras 53 años de ejercerlo de manera cada vez más brutal, bastaron 11 días para que una bien articulada ofensiva, lanzada el 27 de noviembre por rebeldes opositores, condujera al colapso del régimen y la huida del dictador Bashar al Asad a Rusia, que le concedió asilo político. Los 24 años que se mantuvo en el poder, tras heredarlo de su padre, fueron demasiados y sumergieron al país en una espiral de deterioro con terribles consecuencias para su población.

El proceso se aceleró, a sangre y fuego, con la guerra civil de 13 años desatada por la represión del régimen contra las protestas populares que brotaron durante la llamada Primavera Árabe, del 2011. El conflicto cobró decenas de miles de muertes, produjo millones de desplazados y migrantes, acentuó la pobreza y agravó la fragmentación del país en diversas zonas controladas por facciones rivales, algunas de factura radical y terrorista.

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