Editorial

Atención a los niños migrantes

Una nueva tragedia humanitaria golpea a países hermanos

Desde octubre del pasado año, más de 52.000 niños de El Salvador, Guatemala y Honduras han cruzado la frontera entre México y Estados Unidos. No se sabe cuántos habrán fallecido en el intento o soportado abusos al emprenderlo, pero las presunciones son en extremo negativas. Los que han tenido éxito se mantienen en albergues a lo largo de la línea fronteriza, del lado estadounidense, en medio de un limbo legal y afectivo, sin un futuro medianamente claro, pero con fuertes presiones para que sean repatriados.

Los países involucrados en el origen, tránsito y destino de esta peculiar oleada migratoria no han logrado adoptar una estrategia coordinada para frenar o, al menos, limitar sustancialmente el flujo. Mientras, las recriminaciones mutuas crecen, lo mismo que el reparto de culpas y la politización del debate en Estados Unidos.

Estamos ante una verdadera tragedia humanitaria, de rasgos en extremo complejos y dolorosos. Es precisamente por esto que se requiere una rápida y eficaz acción, en dos sentidos esenciales. En lo inmediato, son urgentes las acciones paliativas: acción policial en todos los eslabones de la cadena, control de daños y adecuada atención y protección de los niños. Simultáneamente hay que actuar sobre las causas. El resultado no será inmediato, pero, si no se diseñan de una vez estrategias integrales, que ataquen las causas más críticas, se alejen de los simplismos y generen la cooperación entre los actores involucrados, la tragedia seguirá y sus víctimas crecerán. Esto sería una opción inaceptable desde todos los puntos de vista posibles.

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