Opinión

Dogma destructor

Una historia digna de Kafka o de un drama del absurdo

Igual que el virus de las vacas locas destruye el cerebro, los virus del software mental con que pensamos -o sea las malas ideas- destruyen el razonamiento y sus productos culturales. El Estado, que es un producto cultural, puede por esta vía ser afectado. Los biólogos evolucionistas llaman "meme", contrapuesto a "gene" o unidad codificada del cuerpo, la codificación de los instrumentos creados por la cultura, con miras a su reproducción en el proceso social. Hasta los "memes" pueden entonces ser modificados si el virus no se extirpa a tiempo.

La en apariencia inofensiva Ley de la autoridad presupuestaria es un producto letal de uno de estos virus. En algún momento, por insinuación del Fondo Monetario Internacional o de algo por el estilo, se coló la doble ocurrencia de que el presupuesto público había que cerrarlo a mazo, y de que para esos efectos igual daban los servicios a cargo de las entradas generales, que los autofinanciables y separables, por lo que todos debían entrar en el mismo canasto del recorte. Pese a que los últimos captan recursos sociales destinados a estos servicios, que igual se van a emplear los preste el Estado o un particular, por lo que son separables de los gastos generales. Por eso, si los presta el Estado pero los paga el usuario, no se deben mezclar en aquel canasto.

Especie en extinción. Pero como en la arena política, el pensador y el estadista son una especie casi extinguida, o que por necesidad se oculta -como los pequeños mamíferos, cuando los dinosaurios tenían el poder- mientras afuera rugen los brontosaurios descerebrados, nadie advirtió que de esa manera se alteraba de una manera mortal el programa, y el peligrosísimo virus destructor del sistema, se convirtió en la Ley de la autoridad presupuestaria. Así, con efectos destructores de la infraestructura y de los servicios esenciales, se logró sujetar todo a ese dogma mal planteado del equilibrio presupuestario. Eso pasa también en las empresas cuando los gerentes financieros se apoderan de la dirección, o cuando la economía política deja de ser economía para los políticos, y se convierte en política para los economistas. Porque el especialismo lleva a errores de concepto y de perspectiva.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌