Nada prueba mejor la alienación de la realidad que sufre la clase política que su posición sobre la descentralización, idea de moda que les viene de fuera porque la reducen a entregar dinero y recursos a los municipios. Es decir, cuando centraliza, refunde todo y cuando descentraliza, desmiembra.
La descentralización es una necesidad del desarrollo de las organizaciones que, cuanto más complejas, tanto más necesitan desplazar decisiones hacia centros periféricos. El sistema nervioso de los organismos superiores modelo de perfección en sus sistemas remite a centros de la periferia la atención de las funciones básicas de la vida. Al cerebro central no le alcanzaría el tiempo ni la capacidad si tuviera que encargarse de la respiración, la circulación, la digestión, el balance hormonal o cualquiera de los numerosísimos procesos vitales en que debe haber equilibrio u homeóstasis y una respuesta inmediata conforme cambian las circunstancias. Por ello, los datos percibidos realimentan todos esos procesos, igual que los de los actos reflejos en el caso de los movimientos, todo lo cual obtiene así respuestas apropiadas sin intervención del mando central.
Cero monarquía. Por la misma razón, el metabolismo del aparato estatal, sus movimientos ordinarios, servicios y controles deben estar a cargo de unidades análogas descentralizadas, pero de la misma organización. Porque deben ser consecuentes y conservar la unidad necesaria del todo. Así, el cerebro o control central, despreocupado de tales funciones, presta servicios superiores de dirección , dentro de un régimen de reciprocidad, a las unidades periféricas, conforme una unidad de propósitos y de destino. Unidad que tampoco significa convertir al presidente o supuesto control central en monarca, y a la administración pública en corte, como pretenden los proyectos de centralización presentados a la Asamblea Legislativa.
Identificar "descentralización" solo con traslado de competencias y recursos a cuerpos territoriales como los municipios es una gruesa simpleza. Mucho mayor si se concibe erradamente a las municipalidades como gobiernos locales lo que rompe la unidad del todo, algo frecuente, y no como simples administraciones locales, parte de ese todo, que es lo que corresponde. De creer a los municipalistas y a ciertas desafortunadas resoluciones de la Sala Constitucional, Costa Rica sería una federación de 81 estados municipales, y no la república unitaria, cuya administración y no gobierno de servicios locales corresponde a los concejos, según expresa claramente la Constitución Política en ambos casos.
Vuelta a la Colonia. Se ha formado de esta manera una ciencia jurídica ficticia, que impide buscar soluciones adecuadas. Esta corriente, en vez de buscar inspiración en sistemas como el régimen local inglés, donde es la administración, no el gobierno de los servicios, lo que corresponde a los entes locales, retrocede a la situación de las míseras aldeas de finales de la Colonia, cuyo gobierno podía ser satisfactoriamente desempeñado por el Cabildo.
La pólvora ya ha sido descubierta. El equilibrio entre unidad sistémica y descentralización es posible. Basta indagar un poco en la ciencia de la organización y en la teoría de sistemas. Grandes empresas internacionales se administran eficazmente en forma descentralizada, sin perjuicio del gobierno unitario y de la solución local de las necesidades. Pero para eso debe haber rendición de cuentas, distribución de objetivos, valoración por resultados, mortalidad y no inmortalidad de los fracasos, selección por las demandas del medio, delegación de funciones y demás mecanismos que permiten el éxito en esa dirección.
Pero esto solo lo puede lograr una clase política capaz, y orientada al bien público y la razonabilidad, al estilo de las que en nuestra historia pasada supieron orientar a la nación, no los dogmáticos que confunden la realidad con sus deseos, ni los buscadores del poder que disimulan su apetito con simplezas verbales.