Pude ver por la televisión nacional una creativa práctica de rescate de personas atrapadas en edificios colapsados, después de un terremoto, organizada por iniciativa del cuerpo de bomberos de Desamparados y con participación de la comunidad. Los organizadores de esta actividad merecen una calurosa felicitación pues señalan el camino que deben seguir ese cuerpo y todas las instituciones encargadas de atender los desastres naturales.
No basta planificar las respuestas a los desastres en un escritorio o dibujar en el papel las alternativas de evacuación. Tampoco se logra mucho si nos limitamos a establecer mecanismos de coordinación interinstitucional. No se prepara a los funcionarios y menos a la población con acuerdos, cursos ni sermo-nes.
Prejuicios aldeanos. Es preciso capacitar en el verdadero sentido de la palabra, y esto solo se hace mediante la práctica. Solo enfrentados a la realidad en la que se deberá actuar, se desarrollan los conocimientos, destrezas y habilidades necesarias para responder a una emergencia. Esta es una verdad de Perogrullo, la que, sin embargo, preferimos ignorar por prejuicios aldeanos.
Nos cuesta entender que la organización no es una personería jurídica ni un acta constitutiva, sino una red de relaciones creada por la gente para responder a una necesidad. Desde luego, se debe tener autonomía ya que no se produce la capacitación mientras el instructor insista en hacerlo todo y no permita que tomen la iniciativa quienes tienen que afrontar las decisiones en el momento del desastre. En este sentido, los simulacros bien diseñados y ejecutados, como el arriba citado, constituyen la mejor aproximación a la realidad con la cual tendrán que enfrentarse los cuerpos de socorro y la comunidad organizada en caso de desastre.
En ese contexto, y no en los papeles, se ponen a prueba, para ver si funcionan, los convenios interinstitucionales y los mecanismos reales de prevención y mitigación de un terremoto, un deslizamiento o una inundación.
Con todo realismo. No basta con instruir a los niños en las escuelas: es preciso realizar, al menos dos veces al año, una práctica de evacuación con todo el realismo del caso, como se hace en Japón. Los ticos somos muy poco dados a estas prácticas, que nos parecen exageradas e incluso ridículas si no hay amenazas a la vista. Son resabios de la timidez campesina que debe ser superada para que nuestras instituciones y comunidades eleven su nivel organizativo. No debemos olvidar que vivimos en un país de múltiples riesgos naturales.
Debemos tener presente que la capacidad de autoorganización frente a los desastres constituye, además, un elemento importante del capital social.
Como se sabe desde hace una década, cuando Robert Putnam dio a conocer los resultados de su investigación sobre el proceso de descentralización italiana, en su libro Para hacer que la democracia funcione (que la mayoría de los economistas ignora), el capital social es el factor de mayor incidencia sobre la eficiencia institucional y el desarrollo en general.
En ese sentido, la experiencia de capacitación de los bomberos de Desamparados debe ser retomada seriamente por la red de instituciones liderada por la Comisión Nacional de Emergencias.
La cultura cívica y la responsabilidad ciudadana mejorarán así, además de nuestra capacidad de respuesta a las emergencias de mayor envergadura, que pueden desbordar la capacidad institucional.