Opinión

De Casas y (des)Chávez

Paradoja que no entienden los populistas

Con ingenio inversamente proporcional al error ("De conventos y prostíbulos"), don Kevin Casas planteó en estas columnas la necesidad de la disciplina férrea de partido, como condición indispensable para la gobernabilidad. Don Rolando Guzmán y otros lo siguieron. Demandan también esa misma disciplina que le permita al jefe de gobierno, mediante la obediencia de su mayoría de diputados, articular una política coherente.

Tales recomendaciones, si las leyera, alegrarían indudablemente el corazón de Hugo Chávez porque son la teoría perfecta, supuestamente democrática, para sus prácticas. Lenin y su partido monolítico, en torno a las decisiones del comité central, también se hubiera regocijado. Porque la voluntad en la democracia, no nace de un representante iluminado, especie de monarca electo, como pretenden que sea el presidente, ni de un comité igualmente dictatorial sino de todo un sistema que expresa la voluntad representada de la mayoría, mediante un sistema de pesos y contrapesos. Pero eso se logra de una manera diferente, en estructura, dinámica y función, en el sistema presidencialista de gobierno, en contraposición con el parlamentario. Por eso no se pueden meter en la misma olla.

Visión patológica. Ponen a un lado tales comentaristas que, en un régimen presidencialista como el nuestro, al jefe del Gobierno, a diferencia de lo que ocurre en el sistema parlamentario, no le corresponde imponer aquella disciplina –salvo en la visión patológica de Hugo Chávez– y que la gobernabilidad y el equilibrio de poderes en este tipo de régimen se alcanzan de una manera diferente. Sus recomendaciones, por tanto, solo son válidas para un régimen parlamentario, en que el Gobierno es solo un comité del parlamento y en que el jefe del Gobierno, presidente de ese comité, director de la orquesta, jefe de la mayoría parlamentaria y jefe del partido triunfador, que a la vez está en el parlamento, porque en ese sistema el partido va al parlamento, encuentra equilibrados sus poderes disciplinarios por la posibilidad de que el grueso de la cámara censure sus actuaciones y lo haga caer. Partido, parlamento y Gobierno son lo mismo y están en las mismas manos, aunque sean funciones diferentes de una misma voluntad popular representada que se equilibra.

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