Opinión

Concesión como dogma de fe

El déficit no es de dinero, sino de ideas y de voluntad

Primero fue el dogma de la unidad del Estado para efectos de política económica; después, el de la concesión, su derivado; y entre ambos han logrado el milagro de paralizar las obras públicas, aunque existan los recursos para hacerlas.

Y por casi 20 años: demasiado tiempo y demasiado daño. Hay que entender esta cuestión fundamental para reencontrar el camino porque, sin librarse de estos fantasmas, no se podrá acometer pragmáticamente y sin prejuicios ideológicos, como procede, estos problemas públicos, todos solucionables.

El primero, porque nada tienen de identidad con el poder central –deudor soberano, deficitario y dependiente solo de impuestos para sufragar sus gastos– las entidades autónomas prestadoras de servicios, autosuficientes mediante sus tarifas y sin atributos de soberanía que, desde un punto de vista macroeconómico, es como si fueran empresas privadas porque en ambos casos sus recursos dependen o salen de sus usuarios. Sin embargo, la política económica errada, proveniente en su momento del Fondo Monetario, e institucionalizada en la Ley de la Autoridad Tributaria , fusionó a todas con el poder central para efectos de política económica, e impidió a estas hacer inversiones y desarrollarse. Ello permitió alegar luego su incapacidad y pedir su privatización, que era otro de los objetivos de aquella política.

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