Durante años, las zonas francas demostraron que Costa Rica podía competir con conocimiento, estabilidad y talento humano, atrayendo inversión y empleos de calidad. El país llegó a liderar el Greenfield FDI Performance Index, pero desde hace varios años pierde posiciones, aunque permanece entre los diez primeros.
Mientras algunos celebran las cifras de inversión extranjera directa (IED), se acumulan señales de un motor que empieza a toser de forma preocupante. Esas señales ya no son aisladas y tampoco pueden atribuirse solo al entorno internacional, como algunos han querido sugerir. Como dice el refrán, el mal jinete siempre le echa la culpa al caballo.
Las alertas
En agosto, la actividad de los regímenes especiales creció apenas un 0,7% interanual, su ritmo más bajo desde la pandemia. Además, acumula 12 meses de desaceleración, pasando de crecer 17% hace un año a estancarse en la última medición. En contraste, el régimen definitivo creció 3,2% y explicó más del 95% del crecimiento de la producción nacional. Los papeles se invirtieron; el motor que durante años impulsó la economía hoy va de pasajero.
El empleo confirma que no se trata de una fluctuación menor. En julio, las zonas francas registraron 2.205 puestos menos que un año antes, su primera caída interanual en siete años, incluidos más de 3.000 en servicios empresariales. A ello se suman al menos 14 anuncios de recortes, cierres o posibles salidas en los últimos tres años y el ajuste de casi US$9 millones en el presupuesto de Procomer por caídas en ingresos debido al tipo de cambio y la menor venta de servicios. Cada caso tiene su propia historia, pero tantas luces encendidas en el tablero difícilmente responden a una falla aislada.
El diagnóstico miope
El Banco Central de Costa Rica (BCCR) sostiene, con optimismo, que la actividad de las zonas francas podría repuntar hacia finales de año. Su argumento es que se irán disipando los efectos base del extraordinario crecimiento de 2025 y adelanto de pedidos que se registró entonces. Es posible. Pero también es una explicación insuficiente, cómoda y, en buena medida, miope.
El citado adelanto de pedidos se concentró en la exportación de bienes. No explica lo que ocurre en los servicios empresariales, precisamente el sector que reduce empleo, cierra operaciones, desocupa oficinas y pierde peso dentro de las zonas francas. Allí no hay un simple desfase, sino señales que conviene estudiar antes de que se conviertan en una tendencia irreversible.
Las causas son varias, y no todas de afuera. La automatización y la inteligencia artificial están sustituyendo tareas rutinarias, y algunas multinacionales reorganizan sus operaciones globales en un entorno de alta incertidumbre. Pero Costa Rica también acumula rezagos propios en infraestructura, costo de la electricidad, formación técnica, disponibilidad de talento y flexibilidad laboral.
El elefante en la habitación
Reconocer todos esos factores, sin embargo, no autoriza a ignorar el tipo de cambio, como muchos han preferido hacer. Es uno de los precios más importantes de cualquier economía y, con mayor razón, de una tan abierta como la costarricense.
Hace décadas entendimos que nuestro mercado interno era demasiado pequeño (y sigue siéndolo) para sostener por sí solo el desarrollo. Por eso apostamos por vender bienes y servicios al resto del mundo. No tiene sentido construir una economía exportadora y, al mismo tiempo, reducir la competitividad con una apreciación cambiaria prolongada.
La aritmética no debería ser tan complicada de entender. Las empresas exportadoras reciben sus ingresos en dólares, pero buena parte de ellas paga en colones los salarios, las cargas sociales, la electricidad, los alquileres y los servicios. Cuando el colón se fortalece 30%, operar en Costa Rica se encarece drásticamente medido en dólares.
Esto no significa que el BCCR deba fijar artificialmente el valor del dólar ni garantizar la rentabilidad de ninguna empresa. Significa que la política monetaria debe hacerse cargo de sus consecuencias. Lo más llamativo es que el Banco desoye a sus propios técnicos, a algunos miembros de su Junta y al mismo FMI, cuyos análisis advierten de que la política monetaria restrictiva le pasa factura a la economía.
La apreciación favorece en el corto plazo a quienes importan, viajan o tienen deudas en dólares. Al mismo tiempo, afecta al turismo, a los productores nacionales que compiten con importaciones y a las exportadoras intensivas en empleo. Lo irónico es que muchos de los supuestos ganadores terminan perdiendo. De poco le sirve un dólar más barato a quien se queda sin trabajo por las empresas que cierran. Hasta el propio Ministerio de Hacienda paga la factura, pues ve caer su recaudación en colones por los impuestos ligados a las importaciones, a los ingresos en dólares y la desaceleración inducida de la economía.
¿Víctimas de nuestro propio éxito?
Antes de aceptar esta explicación como un acto de fe. Recordemos que no hay dos países iguales, pero sí hay lecciones que podemos aprender de cómo otros manejan situaciones similares.
Miremos a Vietnam, un país que está en plena transformación exportadora. Entre 2015 y 2025, su economía creció cerca del 7% anual (nosotros ni de cerca), exceptuando los años más severos de la pandemia, y en 2025 se expandió un 8%. Ese año, las exportaciones aumentaron 17% y la IED efectivamente desembolsada alcanzó US$27.620 millones, poco más del 5% del PIB. Si bien el país registró déficits en su cuenta corriente, fueron financiados en parte por la misma IED, similar a lo que sucede en Costa Rica.
Desde el lado de las reservas, se acumularon US$84.000 millones, una cifra que representa un 15% del PIB. Sin embargo, a diferencia de nosotros, su moneda no se apreció. El dong se depreció de manera gradual dentro de un régimen cambiario que hace que fluctúe en promedio 1,8%.
Y no lo hizo a costa de la estabilidad de precios. Vietnam cumplió sus objetivos de inflación todos los años entre 2021 y 2025 (a diferencia de Costa Rica); en este último año, el IPC aumentó apenas 3,3%, por debajo del límite oficial de 4,5%-5%. Incluso en 2026, pese al encarecimiento del petróleo y otras materias primas, la inflación se ha mantenido alrededor de la meta del 4,5%. ¿Será que allí el éxito exportador no termina castigando al propio sector productivo?
Tal vez su política monetaria entiende que la estabilidad macroeconómica no consiste únicamente en exhibir una inflación baja o cercana a 0, sino también en preservar la competitividad, administrar prudentemente el tipo de cambio, evitar que la entrada de capitales erosione la capacidad de producir, exportar y crear empleo.
No hay que confundir gordura con hinchazón
Conviene aclarar otra confusión frecuente. Un aumento en la IED no es sinónimo de nueva actividad económica. Una cifra elevada puede responder a reinversiones, transacciones entre empresas relacionadas, adquisiciones o movimientos concentrados en unos pocos sectores. La inversión puede subir mientras caen el empleo, las expansiones y la demanda de oficinas. Lo que importa no es solo cuánto capital se registra, sino qué actividad genera, en qué sectores y con cuántos puestos de trabajo.
La transformación que nos toca
Costa Rica parece reinventarse cada cuatro décadas. En los años 40, construyó su Estado social; en los 80, abrió su economía y diversificó sus exportaciones. La transformación de los próximos 40 años debería profundizar ese modelo, extender sus encadenamientos al resto de la economía y llevarlo hacia actividades de mayor valor agregado.
Los desafíos de competitividad son estructurales, pero el tipo de cambio actúa como un multiplicador. Corregir los rezagos en infraestructura, electricidad, educación técnica y disponibilidad de talento tomará años; permitir que una apreciación prolongada siga encareciendo producir y crear empleo agrava esas debilidades.
Sin puentes entre el BCCR, el sector público, las empresas y el sistema educativo, poco se logrará. Defender las zonas francas no es defender privilegios; es proteger una plataforma que aporta cerca del 17% del PIB, cerca de 200.000 empleos directos bien pagados y más de la mitad de nuestras exportaciones.
Quizá el BCCR debería enviar una misión a Vietnam para descubrir que controlar la inflación y cuidar la competitividad no son objetivos incompatibles. De paso, pueden comprobar que allá también se come muy bien, a precios más razonables que los de acá.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.
