Columnistas

Una mujer para presidir la Corte: más que un símbolo

Asistimos a la designación más importante para el Poder Judicial de toda la Segunda República, porque quien resulte elegido deberá navegar en medio de las aguas turbulentas nutridas por un gobierno divisivo y polarizante

Marco Feoli, abogado y exministro de Justicia.
Marco Feoli, abogado y exministro de Justicia. Marco Feoli

Los vértices de los poderes judiciales, esos que tienen la función de gobierno institucional –que en algunos países son la Corte Suprema y, en otros, instancias sin funciones jurisdiccionales, como en España o Italia– siempre se han caracterizado por tener un perfil más o menos opaco y alejado de la visibilidad propia de otros órganos como el Congreso y el Poder Ejecutivo.

Tiene sentido si consideramos que su rol de árbitros facilita la necesidad de cultivar una imagen de contención y cierta distancia para garantizar, justamente, el papel de tercero imparcial. Cuál debería ser el límite que fije un balance entre aquella imparcialidad, siempre deseable, y la importancia de rendir cuentas a través de los mecanismos que miden a los otros poderes es un punto más difícil de definir con claridad en la práctica.

Lo cierto es que, empujado por el ascenso de dos gobiernos populistas, nuestro Poder Judicial ha debido reaccionar sobre la marcha, quizá tardíamente, frente a un oficialismo dispuesto a dinamitar no solo las vías de diálogo y el decoro institucional propio de democracias maduras como, hasta hace poco, pensábamos que era Costa Rica, sino también a promover una estrategia de ataque sin precedentes contra su propia legitimidad.

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