Pongamos de lado las más visibles señales de contradicción y descontrol ligadas al entierro que dio la presidenta Laura Fernández al Acuerdo Transpacífico:
1) Anunciarlo en un video, mientras estaba fuera del país. 2) Omitir explicaciones sustantivas y limitarse a una coyuntural: falta de “transparencia” sobre su contenido, como si no fuera fácilmente enmendable. 3) Desdeñar la apuesta a su aplicación del gobierno de Rodrigo Chaves, quien, al final de su presidencia, junto al ministro de Comercio Exterior (Comex) consideró “fundamental” la conclusión de negociaciones, y este lo llamó “el papá de los acuerdos internacionales en materia de comercio exterior”. Ayer, sin embargo, Chaves se desdijo (¿Continuidad?).
Todo esto se presta a muchas especulaciones. Pero lo más serio es que la decisión, junto al despido de la titular de Comex y la renuncia de la gerenta de Procomer, da un serio golpe a lo que, durante las últimas tres décadas, se había constituido en política de Estado. Me refiero a la inserción del país en los flujos de comercio e inversiones globales como impulso al desarrollo. Los tratados comerciales son una de sus piezas angulares; el Transpacífico, una fundamental.
