Tal como lo recuerdo, en cierta esquina de una plaza de Mesilla, Nuevo México (el día menos pensado le cambian el nombre), hay una construcción modesta y deslucida que, a pesar de eso, se conserva con esmero porque en 1881 sirvió de cárcel a Billy el Niño, el prematuro bandido. La verdad es que cuando la visité, él era para mí un personaje de leyenda, de interés más bien incierto, no obstante que “con diecisiete años, mató a su primer hombre”.
Así siguió siendo hasta que leí Los desesperados. Una historia de Billy el Niño, de Éric Vuillard, un libro que se abre paso a la manera de la historia, o del relato, o de la herejía (cualquier día prohíben su lectura); en suma, como un símbolo.
Hay un contraste violento entre el joven delincuente que no pasó de los 21 años y John D. Rockefeller, el multimillonario que llegó a los 91 pensando solo, según Vuillard, “en el petróleo, en estandarizar su aceite, su gas”, y del que cuenta que al final de su vida “solo bebía leche materna y que, cuando sus invitados, las pocas veces en que los tenía, se iban, rebuscaba en los platos y se terminaba las sobras”.
El Niño y Rockefeller nunca hubieran podido conocerse, aunque ambos nacieron en Nueva York y fueron contemporáneos durante varios lustros. No obstante, me da la ventolera de decir que algo tendrían en común; por ejemplo, ninguno de los dos habría aspirado al Premio Nobel de la Paz: el forajido, porque ya estaba muerto cuando ese premio se creó, y el otro, porque estaba concentrado en hacer fortuna (aunque quién quita y se pueda ser forajido y millonario a la vez y, además, Premio Nobel de la Paz, al menos por subrogación; ¿un símbolo?).
Pero todo lo que digo no es más que maña para disfrazar lo que quiero decir, una manera de coincidir por deducción con los que se atreven a ser explícitos, que todavía son muchos: de llevar el símbolo al que se refería la laureada escritora Anne Carson. Ella aludía (en La belleza del marido) a la idea del mundo antiguo de portar cada uno la mitad de un hueso de caña como señal de identidad para alguien que tenía la otra mitad; juntas, las dos mitades se reconocían en un solo significado.
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Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.