La posible demolición del edificio central del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), en Sabana Norte, adquiere una importante carga simbólica si pensamos que el proyecto chavista propone una ruptura violenta con el pasado y la destrucción de algunos de los logros históricos del Estado social como base de su política pública y estrategia de comunicación.
En el discurso oficial prevalece una red léxica de destrucción y de confrontación, que ha dado sus réditos en las elecciones y en los sondeos de opinión, por encima de cualquier apelación a construir, conciliar o negociar, conceptos que hasta el año 2022 determinaron la estrategia costarricense hacia el futuro.
En esta coyuntura, demoler un edificio emblemático como el del ICE, con o sin estudios técnicos que avalen su vulnerabilidad sísmica, no es inocente ni puede pasar inadvertido. El ICE fue uno de los íconos del ahora defenestrado periodo desarrollista que, paradójicamente, nos convirtió en uno de los países de ingresos medios más innovadores del mundo.
Sin embargo, hay que admitir que las clases dirigentes costarricenses nunca han tenido aprecio, ni antes ni ahora, por el patrimonio arquitectónico o urbanístico.
El Estado reformista ostentó un absoluto desprecio hacia el pasado material, como lo demuestran las demoliciones del Palacio Nacional y de la antigua Biblioteca Nacional, la indiferencia con la que se vio la paulatina desaparición de la ciudad republicana, la reinvención de la fachada oeste del Cuartel Bellavista, en 1989, o la eliminación de cualquier vestigio del Estadio Nacional histórico para construir el nuevo Estadio, en 2008.
Todas estas demoliciones tuvieron fuertes componentes políticos. Aunque no plantee de manera explícita una política espacial, cada modelo de Estado propone una concepción del espacio público y del territorio, un proyecto de ciudad. ¿Qué podría ser más elocuente del estilo autoritario pero eficaz de León Cortés que la política “del cemento y la varilla”? ¿Qué puede haber sido más fundante del proyecto desarrollista que la construcción del Banco Central sobre el antiguo Palacio Nacional?
En la actualidad, ¿qué puede representar mejor una sociedad que “perdió el centro” y no sabe cómo recuperarlo que el abandono del núcleo urbano de San José, con más de un tercio de sus edificios desocupados?
El Estado benefactor se asentó sobre edificios que siguen siendo icónicos y que permiten entender en el trazado urbano sus elementos estructurales como proyecto político: el Banco Central –una propuesta de desarrollo económico y equilibrio social–, la Caja, el Hospital México, el ICE, los bancos públicos, la nueva Biblioteca Nacional, la plaza de la Cultura… y adrede rehuyó la reunificación de los tres poderes en un solo espacio, tal vez intuyendo la inminente crisis de ingobernabilidad a la que se enfrentaría a finales del siglo XX y las amenazas futuras.
El desarrollismo construyó un proyecto de sociedad sobre los vestigios de la ciudad republicana, y desdeñó la cultura material del siglo XIX, en un afán modernizador que ahora nos parece excesivo. Pero fue absolutamente respetuoso de los valores y principios sobre los cuales se cimentó la República Liberal, el primero de los cuales es la libertad, así como la democracia política, la independencia de poderes y la libertad de expresión.
No construyó sobre cenizas. Si se quiere, destruyó para construir una sociedad en la que pretendía que cupieran todos los costarricenses. No lo logró por completo, de acuerdo, pero se basó en una idea de progreso social y de desarrollo económico.
En este tiempo de demoliciones, y de vanas promesas de no destruirlo todo queriéndolo destruir, los costarricenses debemos estar conscientes de que podemos quedarnos sin nada y envueltos en una humareda de polvo y cenizas.
carlos.cortes.z@gmail.com
Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).