El 31 de octubre, Halloween se celebra en numerosos países y Costa Rica no es la excepción. Más allá de los disfraces, los dulces y las actividades recreativas, esta fecha ofrece una oportunidad para que las familias conversen con sus hijos sobre las tradiciones, sus creencias, el respeto por las diferencias y la importancia de cuidarse.
Conocer el origen de esta celebración permite comprender mejor su evolución. Sus antecedentes se relacionan con el Samhain, una festividad de los antiguos pueblos celtas de Irlanda y otras regiones de Europa, que marcaba el final de la temporada de cosechas y el inicio de la época oscura del año. Según sus creencias, durante esa noche se estrechaba el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. De ahí surgieron algunas prácticas asociadas con los disfraces y las fogatas.
Posteriormente, la tradición se vinculó con la víspera del Día de Todos los Santos, celebrado el 1.º de noviembre en la tradición cristiana. De la expresión inglesa All Hallows’ Eve surgió el nombre Halloween. Durante el siglo XIX, los inmigrantes irlandeses contribuyeron a extender esta celebración en Estados Unidos, donde adquirió muchas de las características que conocemos hoy.
¿Es correcto celebrar Halloween?
La respuesta depende de los valores, las creencias y las decisiones de cada familia. Para algunas personas, es una ocasión para divertirse, disfrazarse, compartir con los vecinos y fortalecer los vínculos familiares y comunitarios. Otras, especialmente por motivos religiosos, prefieren no participar porque consideran que algunos de sus símbolos son incompatibles con sus convicciones.
No es necesario que todas las familias adopten la misma postura. Lo importante es que los adultos expliquen sus razones sin descalificar a quienes piensan diferente y permitan que los niños comprendan que existen distintas formas de interpretar una tradición. Este tipo de conversaciones contribuyen a desarrollar el pensamiento crítico, la tolerancia y la capacidad de expresar las propias opiniones con respeto.
La seguridad también forma parte de la celebración
Independientemente de que una familia decida participar o no, es fundamental proteger el bienestar físico y emocional de los menores. Halloween implica actividades en la calle, contacto con personas desconocidas y, en ocasiones, situaciones que los niños todavía no tienen la madurez suficiente para manejar solos.
Estas recomendaciones pueden ayudar a prevenir riesgos:
- Supervisión adulta: los niños pequeños deben estar acompañados en todo momento. La autonomía de los mayores debe ajustarse a su edad, madurez y capacidad para reconocer situaciones de riesgo.
- Acuerdos claros con adolescentes: si salen sin compañía adulta, conviene conocer la ruta, establecer horarios de regreso, acordar cómo comunicarse y definir qué hacer ante una emergencia.
- Disfraces seguros: hay que elegir prendas de la talla adecuada, que no arrastren ni dificulten la visión o el movimiento. Los colores visibles y los elementos reflectantes ayudan a identificar a los menores en la oscuridad.
- Accesorios y maquillaje: son preferibles los accesorios flexibles, sin puntas peligrosas, y productos faciales apropiados para la piel. Compruebe su composición y pruebe el maquillaje previamente para detectar posibles reacciones.
- Límites personales: enséñenles a no entrar en casas ni vehículos de desconocidos, a no alejarse del grupo y a buscar a un adulto de confianza si algo les incomoda. Deben saber que pueden decir que no y pedir ayuda sin temor a ser regañados.
- Revisión de golosinas: es vital revisar los dulces antes de consumirlos. Deben desechar los que tengan envolturas abiertas, estén dañados o presenten señales de manipulación.
- Comunicación y confianza: explíquenles que pueden contar cualquier experiencia que les provoque miedo, incomodidad o confusión. Escucharlos sin juzgarlos facilita que pidan ayuda cuando la necesitan.
En Halloween, más que transmitirles miedo, los adultos debemos ofrecer a niños y adolescentes orientación, establecer límites razonables y fortalecer la confianza de los menores.
El objetivo debe ser enseñarles a reconocer riesgos, tomar decisiones adecuadas y acudir a personas de confianza cuando lo necesiten.
rsolismep@gmail.com
Rocío Solís Gamboa es psicóloga con más de 40 años de experiencia en educación, niñez y adolescencia y violencia escolar. Fundó y dirigió la Contraloría de los Derechos Estudiantiles del MEP. Fue viceministra administrativa y viceministra académica del MEP, presidenta de la Comisión Unesco Costa Rica y miembro de la Junta Directiva del PANI.