La escena se repetía cada día en Liberia, Guanacaste: alguno de los cuatro carajillos Guevara Muñoz se asomaba con cierta timidez a la puerta de Agro Agencias S. A. y con su mirada le preguntaba a la dueña del local si ya había llegado el televisor nuevo que sus padres habían encargado.
“Todavía no, pero ya falta poco; van a ver que ahorita les damos la buena noticia”, respondía con dulzura doña Argentina Trigo Sáenz, esposa del propietario de aquella venta de electrodomésticos ubicada frente a la esquina sureste del parque Mario Cañas Ruiz: el empresario agropecuario y dirigente político Víctor Julio Román Méndez.
Aquellos chiquillos, en edad escolar, repetían ese ritual los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado de cada semana. La interrogante hacía una pausa obligada y desesperante los domingos, cuando el local permanecía cerrado.
“Chicos, dejen de molestar a doña Argentina con esa preguntadera. Tengan paciencia”, les decían sus padres a los niños que no veían la hora de sentarse a ver fábulas y otros programas frente a la pantalla en blanco y negro del aparato que quién sabe cuándo iba a hacer su entrada triunfal en el hogar.
Esta situación tuvo lugar entre los últimos meses de 1971 y el inicio de 1972. Los Guevara Muñoz vivían exactamente 250 metros al este de Agro Agencias S. A., en dirección hacia la ermita del Señor de la Agonía, por lo que podían realizar aquella especie de asedio a la hora que se les antojara.

Así lo hicieron, persistentes como gotera de casa vieja o llamadas telefónicas de amante celoso, desatendiendo el llamado del papá y la mamá.
Sin embargo, nunca sacaron de sus casillas a doña Argentina, quien siempre fue toda bondad y comprensión. Después de todo, esa hija de La Sierra de Abangares estaba acostumbrada a enfrentar ese tipo de insistencias.
Un “cerco” similar le habían tendido antes los hijos de muchas familias liberianas; entre ellos, los del mecánico automotriz Roberto Hernández Cordero y Selenia Carvajal Venegas: Roberto, Yamileth, Leonardo, Otoniel y Víctor Hugo.
Pelé no fue el que más brilló
En mi caso, cada vez que terminaba la jornada lectiva en el cuarto grado de la Escuela Ascensión Esquivel Ibarra, situada al costado sur de la parroquia de la Inmaculada Concepción de María, aprovechaba para darme una vueltecita “casual e inocente” por Agro Agencias S. A. Multiplique esas visitas por tres en tiempo de vacaciones y obtendrá una mejor idea del infantil acoso.
Apenas empezaba a gatear el mes de febrero de 1972 cuando recibimos el tan ansiado anuncio: ¡Llegó el televisor! Algarabía total. Alboroto. Gritos. Brincos. Los cuatro carajillos acompañando a sus padres a llevar tan esperado aparato a la casa.
Lo estrenamos el martes 1.º de febrero viendo nada menos que el partido de fútbol que jugaron Santos de Brasil, con Pelé, y el Deportivo Saprissa, en el viejo Estadio Nacional de La Sabana. Marcador final: 1-1, pero para cuatro niños, ganó el “tele” y por goleada.
En ese receptor vimos también el duelo que ambos equipos escenificaron el viernes 18 del mismo mes, una vez más, en el Estadio Nacional. En esa oportunidad ganaron los brasileños y Pelé fue nuevamente la estrella; aun así, no logró superar el brillo de nuestro nuevo televisor Sanyo.
¿Hará falta decir que este es uno de los recuerdos favoritos de mi familia? Ocupa un sitio de privilegio en nuestra memoria, por lo que con frecuencia reaparece en las reuniones del clan y provoca risas y gratitud.
No es para menos que los Guevara Muñoz seamos fans de Argentina, no de la selección de fútbol de ese país, sino de aquella señora que nos atendió siempre con cariño, bondad y una sonrisa.
¡Qué paciencia nos tuvo doña Argentina!
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José David Guevara Muñoz es periodista.
