Columnistas

Para destruir una sociedad, primero hay que deslegitimar sus instituciones

Entre la confusión que acompaña al paso de los años y la inquietud por el rumbo de la sociedad, surge una pregunta esencial: ¿cómo conservar la esperanza cuando el presente parece anunciar la repetición de errores históricos?

Carlos Arguedas Ramírez, columnista de La Nación de Costa Rica, exmagistrado de la Sala Constitucional y exdiputado, actualmente consultor internacional y socio de DPI Legal.
Carlos Arguedas Ramírez, exmagistrado de la Sala Constitucional y exdiputado. Foto: Alejandro Gamboa M.

No sé cómo empezar. Tal vez citando a John Banville, quien dijo a un medio español (El País, 5 de octubre) que cuando era joven, creía que la edad traía sabiduría, pero ahora, octogenario, vivía en la confusión. No me refiero al estupor que causa la llamada superfluidad de lo humano: saber, por ejemplo, que el sol colapsará en algunos miles de años, que aunque sea mucho tiempo acabará sucediendo, y que entonces nadie se acordará de nosotros. Así, pues, ¿todo para qué?

Me refiero más bien a cosas más inmediatas: a la incertidumbre que provoca recordar hechos que sucedieron hace menos de un siglo, y que parece que a su modo van recuperando actualidad para volver a suceder en el futuro cercano gracias a una voluntad global, tenaz e inconsciente de que, para destruir una sociedad, primero hay que deslegitimar sus instituciones fundamentales, como visualizaba la embajadora Kirkpatrick en 1986.

Realmente, ¿el mundo y nosotros con él estamos en tan graves dificultades, en algo como los prolegómenos de acontecimientos que más temprano que tarde afectarán todos los territorios, todos los orígenes, a todas las gentes, durante todas las horas? O, por el contrario, debemos ser optimistas, porque después de todo, si no nos queda optimismo, como alguien decía, ¿qué nos queda?

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