Quienes creen que la defensa a ultranza de los monopolios estatales es la credencial que define una praxis socialdemócrata, deben entender que apoyan, a lo sumo, un modelo particular y crecientemente obsoleto de socialdemocracia.
Desde hace muchos años, los partidos socialdemócratas de Europa y América Latina decidieron renovar su ideología, antes de que la historia lo hiciera por ellos. Decidieron rectificar el papel de sus Estados antes que continuar refugiándose en ellos. Decidieron, en pocas palabras, modernizar su socialdemocracia.
Fue lo que hizo el Partido Socialista Obrero Español, con las reformas de Felipe González; el Partido Laborista del Reino Unido con el “nuevo laborismo” de Tony Blair, y todos los partidos socialdemócratas de los países escandinavos. Estas naciones (Noruega, Dinamarca, Suecia), como norma general, no tienen monopolios estatales en actividades como seguros, electricidad, agua potable, telefonía, infraestructura y transporte público.
Más cerca de nosotros, también remozaron su pensamiento socialdemócrata el Partido de la Social Democracia Brasileña bajo el liderazgo de Fernando Henrique Cardoso y el Partido Socialista de Ricardo Lagos, en Chile.
Una socialdemocracia para nuestro tiempo entiende que no necesitamos un Estado grande, sino un Estado fuerte y eficiente, que ofrezca educación y salud de calidad, que sea capaz de regular el funcionamiento del mercado y que esté sometido al escrutinio permanente de los ciudadanos.
Esa socialdemocracia debe comprender que es irracional confundir –como lo hace la extrema derecha– la rectificación del papel del Estado con una mutilación indiscriminada de sus capacidades, inclusive de aquellas necesarias para llevar a cabo sus funciones básicas. Destacan entre estas la redistribución de la riqueza, el combate de la pobreza, la inclusión social y la inversión en capital humano e infraestructura, que el mercado difícilmente puede realizar y que resultan decisivos para el futuro de cualquier país y para el propio funcionamiento del mercado.
Una socialdemocracia para nuestro tiempo es aquella que no acepta desviación alguna en su lucha por preservar, fortalecer y ampliar los derechos humanos, las libertades individuales, la fraternidad, la igualdad de género y su compromiso con todas las acciones necesarias para enfrentar con éxito las amenazas del calentamiento global. Ya nos lo dijo nuestro científico Franklin Chang: “Todos somos astronautas en la gran nave espacial que es la Tierra.”
Yo creo firmemente en el valor de la igualdad, en el ineludible compromiso de luchar denodadamente por garantizar a todos los ciudadanos un nivel de vida que honre su dignidad humana y que, de igual manera, provea acceso universal a ciertos bienes capaces de potenciar sus habilidades y sus posibilidades de ascenso social. Creo que el mercado es, sin duda, un mecanismo eficiente para asignar los recursos en una sociedad. Pero sé que, con frecuencia, no conduce a resultados económicos y socialmente óptimos. Por ello, es imprescindible contar con un Estado capaz de evitar la creación de monopolios privados o la destrucción del ambiente.
Como dijo en una oportunidad el escritor Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura: “…el mercado es un mecanismo eficaz, pero, como todos los mecanismos, es ciego: con la misma indiferencia crea la abundancia y la miseria. Dejado a su propio movimiento, amenaza el equilibrio ecológico del planeta, corrompe el aire, envenena el agua, hace desiertos de los bosques y, en fin, daña a muchas especies vivas, entre ellas al hombre mismo. Por último y sobre todo: no es ni puede ser un modelo de vida. No es una ética, sino apenas un método para producir y consumir. Ignora la fraternidad, destruye los vínculos sociales, impone la uniformidad en las conciencias y ha hecho del arte y la literatura un comercio. No hay en lo que acabo de decir la menor nostalgia por la estadolatría. El Estado no es creador de riqueza. Muchos nos preguntamos: ¿esta situación no tiene remedio? Y si lo tiene, ¿cuál es? Mentiría si digo que conozco la respuesta. Nadie la conoce. Nuestro siglo termina en una inmensa interrogación: ¿qué podemos hacer? Ofrecer nuestro testimonio. Decir con veracidad lo que sentimos y pensamos es ya el comienzo de una respuesta”.

Estoy convencido de que es urgente reducir las desigualdades en la distribución de la riqueza, una tarea que está más allá de lo que el mercado puede lograr. Ahora bien, no solo las empresas deben ser reguladas: también la libertad del individuo. Cuando la libertad no conoce límites, se autodestruye.
No es posible que existan países, como es el caso de los Estados Unidos de América, donde hay tanta libertad para pronunciar discursos de odio y donde los requisitos para portar armas son mínimos y, con tal de preservar esa libertad, poco importa que, con alarmante frecuencia, se den matanzas masivas en escuelas, colegios, centros comerciales y muchos otros lugares.
Isaiah Berlin ya nos lo había advertido: “La libertad para los lobos ha significado a menudo la muerte para las ovejas”. Corremos el peligro de volver al homo homini lupus de Thomas Hobbes. Cuando el bien común se enferma, el bien individual deviene insostenible. El bienestar individual solo puede florecer de manera duradera cuando encuentra sus raíces en la justicia, la solidaridad y el bienestar colectivo.
Pienso que están condenados a la irrelevancia los líderes políticos que ignoran que se debe adaptar el pensamiento cuando los hechos cambian. Este fue, precisamente, el caso de uno de los hombres que más he admirado en mi vida: Helmut Schmidt, un hombre que se distinguió, entre otras cosas, por haber expresado siempre lo que pensaba y por haber estado dispuesto a revisar sus ideas cada vez que los intereses del pueblo alemán así lo exigieron.
Conocí a Helmut Schmidt cuando me invitó a participar en el InterAction Council –un grupo de ex jefes de Estado y de Gobierno que él presidía–. Ahí tuve la oportunidad de entablar una amistad que creció con el tiempo. Siempre admiré su conocimiento en economía y en filosofía, en historia y en literatura, así como su visión de mundo.
Cuando fui diputado de oposición en el gobierno de don Rodrigo Carazo, voté algunos de sus proyectos de ley que consideré beneficiosos para nuestro país. Siempre he creído que en la vida se requiere más valor para coincidir que para discrepar. Decir “no” es muy fácil. Varios de mis compañeros contemplaron la posibilidad de separarme de la fracción por el pecado de apoyar iniciativas gubernamentales.
Algunos meses después, otros diputados propusieron mi nombre como candidato a la Secretaría General de mi partido para sustituir a don Luis Alberto Monge. La Asamblea Nacional me eligió y, cuatro años después, me reeligió. Tengámoslo muy claro: una oposición responsable es aquella que sabe decir “no” cuando debe y tiene la grandeza de decir “sí” cuando corresponde.
Hoy queremos que nuestros países no sean iguales a los del pasado, sino mejores. Que aspiremos a vivir en un país que crea que la vida está orientada hacia delante y no hacia atrás. Por ello, pienso que nuestra América Latina tiene todavía mucho camino que recorrer.
Aún seguimos siendo presas del mesianismo y del populismo. Aún seguimos aplaudiendo discursos demagógicos que son vacíos en todo menos en su amenaza a la institucionalidad. Aún seguimos permitiendo la falta de transparencia en el ejercicio del poder público. Aún seguimos angustiados frente a nuestros Bukeles criollos que amenazan nuestra separación de poderes.
Como costarricenses, debemos evolucionar junto con los tiempos y ser capaces de propiciar las reformas que se requieren para ser cada vez más prósperos, equitativos y democráticos. Es lo que Ortega y Gasset postula en su ensayo El tema de nuestro tiempo, es decir, que las ideologías no deben limitar el libre flujo de la vida.
Nuestra tarea no es detener las manecillas del reloj mientras el tiempo y el mundo siguen inexorablemente su marcha.
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Óscar Arias Sánchez es expresidente de la República (1986-1990 y 2006-2010).
