Columnistas

Nuestra aguda y riesgosa inflación electoral

Que estemos a punto de romper un récord histórico en candidaturas es señal de muchas cosas, y no positivas

El 3 de octubre es el límite para que los partidos ratifiquen sus papeletas a cargos de elección popular; el 5 se cierra el padrón y el 6 el TSE convocará a elecciones. El elenco de candidatos presidenciales está abierto, pero ya llegó a 10, y sigue creciendo.

Según mi conteo, los ya definidos, pero no necesariamente inscritos, son, en neutral orden alfabético, Fabricio Alvarado (Nueva República), Rolando Araya (Costa Rica Justa), Rodrigo Chaves (Progreso Social Democrático), Natalia Díaz (Unidos Podemos), Eli Feinzaig (Liberal Progresista), José María Figueres (PLN), Rodolfo Hernández (Republicano Socialcristiano), Federico Malvassi (Unión Liberal), Sergio Mena (Nueva Generación), Linneth Saborío (PUSC) y Carlos Valenciano (Movimiento Libertario). Faltan los o las del PAC, Frente Amplio y Restauración Nacional, y aún no sabemos qué pasará con el PIN, PASE, Partido de los Trabajadores, Alianza Demócrata Cristiana y los posibles «salvadores» aún incógnitos.

Que estemos a punto de romper un récord histórico en candidaturas es señal de muchas cosas, y no positivas. De las más a menos obvias: 1) una sociedad dispersa en sus preferencias y anclajes políticos, y en quienes pretenden instrumentarlos; 2) aguda volatilidad hacia ambas rondas electorales: una sola se ve imposible; 3) gran confusión electoral, que podría aumentar el riesgo populista; 4) un sistema de representación disfuncional; 5) fraccionamiento extremo, con mayor deterioro para la gobernabilidad democrática, recargado por otro factor: 6) varias candidaturas sin equipos y estructuras que las respalden y den un mínimo de viabilidad a sus improbables gobiernos.

En medio de esta fragmentada inflación, ¿qué «propuestas de valor» responsables, diferenciadoras y movilizadoras plantearán los candidatos y partidos? Me temo que, en general, pocas, simplistas y redundantes, con un doble riesgo: o centrarse en personalismos estrechos y ataques a los adversarios, o asumir posturas polarizantes y ligadas a «valores» absolutos; en ambos casos, un desdén por los desafíos que cuentan.

Para corregir este rumbo en curso y evitar que, a partir de mayo, debamos apechugar con disfuncionalidades gubernamentales extremas, tenemos una importante palanca: el voto. Me cuesta exagerar el imperativo de ejercerlo con responsabilidad y madurez.

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