Columnistas

Lecciones de vida que deja una muerte

Tratar de cumplir aquello de ‘vivir cada día como si fuera el último’ debería ser una máxima vital. No hablo de desenfreno; para nada. Más bien pienso en ponernos en paz y armonía con los demás

Detalle de personas tomadas de las manos sobre mesa, solidaridad, perdón, amistad, apoyo, amor, cariño
Detalle de personas tomadas de las manos sobre mesa, solidaridad, perdón, amistad, apoyo, amor, cariño Shutterstock
Detalle de personas tomadas de las manos sobre mesa, solidaridad, perdón, amistad, apoyo, amor, cariño
Se trata de cumplir deseos simples, abrazar a los demás, decirles que los queremos. No hacer daño a nadie. Ser buenas personas. (Shutterstock/Foto)

Casi todas las muertes representan una tragedia para la familia y los amigos de la persona fallecida; más aún si se le amaba. No obstante, hay algunas que, a pesar del dolor que de por sí encarnan, significan un alivio: la paz interior.

Tuvimos, en mi familia, la infortunada pérdida de un hermano. Un voraz cáncer se llevó su vida en cuestión de meses. La angustia, el dolor, la incertidumbre –y, por ratos, la desesperación– se apoderaron de nuestras vidas. Una imagen médica que indica que algo no está bien. Estudios que complementan aquella sospecha hasta llegar al diagnóstico: cáncer. Y de los malos. Una propuesta terapéutica; una imploración al cielo. La esperanza al máximo; aunque siempre teñida de temor.

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