Un ciudadano quiso saber por qué debía mostrar su cédula para ingresar a la Plaza Mayor de Cartago durante las celebraciones patrias. Era una pregunta concreta que merecía una respuesta igualmente concreta. Rodrigo Chaves contestó que no sabía, le recomendó comprarse “una cremita de rosas” y terminó cantándole: “Lero, lero, calzón de cuero, ese chiquillo llora por su ternero”.
El episodio me hizo recordar el estribillo que muchos repetimos durante la infancia:
“Lero, lero, calzón de cuero, la vaca llora por su ternero”.
Al escucharlo nuevamente como adulta, descubrí una interpretación bastante siniestra. Si el calzón era de cuero y la vaca lloraba por su ternero, ¿sería el cuero del pobre ternero? En apenas cuatro versos, aquella inocente cantinela parecía esconder una pequeña tragedia bovina. Yo misma me había arruinado un recuerdo de infancia.
Decidí averiguar de dónde provenía –gracias, ChatGPT–. “Lero, lero” pertenece al repertorio infantil de numerosos países latinoamericanos. El Diccionario de Americanismos lo recoge como una fórmula utilizada para burlarse, provocar o presumir ante otra persona.
Como sucede con tantas expresiones transmitidas oralmente, no tiene un autor conocido ni una fecha precisa de nacimiento.
Mientras recorría distintos países, fue adquiriendo acompañantes como “candelero”, “bandolero” y, en Costa Rica, “calzón de cuero”.
Nuestra versión aparece documentada en Mulita Mayor, obra del escritor y educador costarricense Carlos Luis Sáenz, publicada en 1949. Allí la rima forma parte del relato de Chinto Pinto, quien va a buscar una vaca al potrero. Después del estribillo, Sáenz explica que la vaca lloraba porque no tenía a su ternero. El texto no dice que el ternero terminara convertido en calzón. Esa fue una historia que mi mente construyó para conectar dos imágenes probablemente unidas por la rima. Es un buen recordatorio de cómo llenamos los vacíos cuando desconocemos el contexto y de cómo una interpretación puede parecernos perfectamente lógica sin ser necesariamente verdadera.
Chaves, sin embargo, no repitió la versión tradicional. Sustituyó deliberadamente “la vaca” por “ese chiquillo”. Con ello, convirtió al ciudadano que pedía explicaciones en un niño lloroso y redujo su pregunta a una rabieta.
Ahí está el verdadero problema. En boca de un niño, el “lero, lero” pertenece al recreo. En boca de quien ejerce el poder, dirigido a un ciudadano que solicita respuestas, adquiere otro significado. Las palabras cambian según quién las pronuncie, contra quién se dirijan y desde qué posición se digan.
No hace falta convertir una retahíla infantil en una amenaza ni discutir si es intrínsecamente violenta. La crítica es más sencilla: una respuesta pública fue reemplazada por una burla personal.
La política del calzón de cuero no responde: ridiculiza. No explica: caricaturiza. Transforma la rendición de cuentas en un espectáculo para quienes celebran la humillación del adversario.
Después de investigar, pude rescatar al ternero: no hay evidencia de que acabara convertido en calzón. La pregunta del ciudadano, en cambio, continúa extraviada. Posterior a ello, Nogui Acosta repite el gesto hacia los ciudadanos en la Asamblea Legislativa. Ambos episodios unidos me hicieron recordar el saludo de La Logia de los Búfalos Mojados de los Picapiedra.
Cuando Chaves y Acosta sacan la lengua y hacen gestos irrespetuosos, no empequeñecen a los ciudadanos: se empequeñecen ellos mismos y rebajan la investidura que representan.
Y, por favor, que dejen de apropiarse de las canciones de nuestra infancia: bastante difícil fue rescatar al ternero como para que ahora también tengamos que rescatar nuestros recuerdos.
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María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
