Cada mañana, es lo mismo: abro el periódico, leo las noticias o declaraciones del oficialismo y se me encoge el estómago. Mi mente entra en un breve cortocircuito: ¡No puede ser! ¡Esto tiene que ser fake, una broma! ¡Ahora sí sus votantes van a salir espantados! ¡Hasta dónde son capaces de llegar! ¡No tienen perdón!
No salimos del shock, en parte porque nos cuesta dar crédito a lo que estamos viviendo como sociedad: por arrogancia, por ingenuidad, por un mecanismo de negación o por las tres cosas a la vez.
También puede ser que no salgamos de la conmoción porque lo que vivimos es, innegablemente, perturbador.
El problema es que el impacto parece estar dificultándonos responder. A lo mejor se nos está yendo de las manos el esfuerzo por comprender cómo llegamos a esto, mientras el país sigue transformándose. En nuestro desconcierto, volvemos una y otra vez sobre las mismas preguntas y, entretanto, se acumulan acontecimientos y cambios que modifican el escenario político que intentamos leer.
Actuar, sin dejar de reflexionar, es urgente para evitar más daños a la patria. Igualmente, para impedir uno de los mayores riesgos que corremos: que el comportamiento del oficialismo acabe volviéndose un triste paisaje cotidiano frente al que nos encojamos de hombros.
Algunas de las acciones que podemos hacer son –por el grado de dificultad que tienen dada la terca naturaleza humana– apenas aspiraciones; otras están a nuestro alcance y conseguimos fácilmente ponerlas en práctica desde ya. De hecho, como podrán constatar enseguida, todo lo hacemos, pero necesitamos hacerlo más metódicamente.
Lo primero que sugiero es que partamos de que esta es nuestra normalidad, al menos por ahora, sin que eso signifique resignarnos a ella ni legitimarla.
Necesitamos aprender a actuar dentro de las condiciones políticas que tenemos.
Decir que esta es nuestra normalidad no tiene que ver con que la merezcamos ni que debamos aceptarla pasivamente. Significa hacer en el país que tenemos, no en el que tuvimos.
Lo segundo es que intensifiquemos el uso del sentido del humor, sin idealizarlo ni dirigirlo hacia la destrucción de alguien.
Producir y consumir memes y sketches que interrumpan la solemnidad, desmitifiquen el poder y rompan el clima emocional agrio que produce el antagonismo es muy efectivo.
El humor desarma los miedos y la sensación de indefensión, facilitándonos tomar aire, darnos cierta distancia, aferrarnos a la libertad.
Consumamos y reproduzcamos publicaciones en redes sociales que exageren, parodien e ironicen al oficialismo y, por qué no, a quienes somos oposición. Esa práctica nos ayudará, de paso, a crear comunidad.
Lo tercero es que, como sociedad civil, sigamos el ejemplo de lo que está haciendo la oposición en el Congreso: construir espacios de encuentro para negociaciones claves. La democracia ocupa vínculos que incluyan las redes sociales, pero no se limiten a ellas. Dispersarnos solo perjudica al país. Si cada cual actúa por su lado, es casi imposible pasar a la acción.
Para articularse, no alcanza con un “enemigo” en común. Precisamos poner en pausa la pretensión de imponer las propias posiciones al cien por ciento y aprender a ceder.
Como sociedad civil, debemos desenvolvernos más allá de los partidos, pero también debemos trabajar con ellos: es en las urnas donde ganaremos el poder político y derrotaremos al populismo.
Lo cuarto es recuperar la imaginación política y no quedarnos solo reaccionando y respondiendo al Ejecutivo, subordinándonos a su agenda, casi siempre mediática.
En este esfuerzo, tomemos en cuenta que no todo merece nuestra reacción inmediata. No necesitamos responderles en redes sociales, no solo porque potencia su algoritmo, atrayéndoles más atención, sino porque puede ser inútil: quienes están en redes defendiendo al gobierno –bots, troles, influenciadores– muestran poca o nula voluntad de diálogo.
Nos corresponde, asimismo, ser capaces de trascender las consignas que, paradójicamente, terminan legitimando las líneas temáticas que el gobierno nos impone. Necesitamos comunicarnos desde la creatividad, originalidad y honestidad, reconociendo los intereses de la población que vive más allá de los círculos de bienestar metropolitano del Valle Central, donde vivimos ustedes y yo.
Lo quinto es reconocer que seguimos sin escuchar, sin comprender ni hablar con las poblaciones que viven al margen de todo, incluso de nuestra escucha.
Desde esa clausura del diálogo, continuamos produciendo discursos políticos dentro de nuestros propios círculos de reconocimiento, con el encantamiento de la condescendencia: esa maravillosa certeza de ser los buenos.
La desigualdad en la producción y circulación de la palabra pública debería ser parte de una agenda que queramos impulsar. No podemos dejar que quede en manos de quienes la utilizan para popularizar su hostilidad.
Lo sexto es disputar el lenguaje del antagonismo extremo, que funciona a partir de la producción acelerada de enemigos. Podemos hacerlo usando otros modos de relación política: dando cabida a quienes piensan distinto y negándonos a aplicarles las ofensas que recibimos.
En lugar de reducir la discusión al choteo, seamos capaces de recuperar las palabras dignidad, solidaridad, comunidad, democracia, institucionalidad, esperanza, futuro, cuidado, desigualdad, salud, nación, y devolverles contenido desde los sufrimientos, los logros y necesidades de la gente que habita el territorio allá, donde nuestra vista no alcanza hasta ahora.
Debemos hablar directamente de lo que está pasando, sin convertir a nadie en un monstruo. No reproducir la lógica del oficialismo respondiendo odio con odio; deshumanización con deshumanización, pero tampoco actuar ingenuamente. Ocupamos una estrategia de confrontación decidida, porque estamos ante una disputa por el poder, no ante una conversación sin importancia.
Estamos frente a una clase política que ha mostrado carecer de límites éticos, lo que obliga a la firmeza, la toma de iniciativa, a marcar los límites, apuntar a los responsables, cimentar alianzas, ocupar los espacios públicos y no ceder.
Y, lo sétimo, hagamos a un lado nuestras desavenencias con los medios de comunicación no oficialistas y consumámoslos. La prensa independiente es imprescindible para pensarse, defenderse y corregirse como sociedad.
Como sugiere la reflexión de la filósofa Hannah Arendt, cuando la realidad desborda nuestras categorías, necesitamos construir nuestra capacidad política de actuar en un mundo compartido y eso incluye a quienes no nos gustan tanto.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
