Mis padres eran ávidos lectores y me transmitieron ese hábito desde pequeño. En casa, recibíamos dos periódicos: La Nación y La Prensa Libre, que yo siempre leía religiosamente. Durante el relativamente corto periodo de su existencia, también llegó Excélsior, aunque su enorme formato me desanimaba: más que un periódico, parecía una sábana desplegada sobre la mesa.
Es más, la página de Entretenimientos sigue siendo un ingrediente infaltable de mi día. Suelo acompañar el almuerzo o el café de la tarde con el Sudoku y el crucigrama (y aquí no puedo evitar expresar mi inconformidad con los últimos cambios que han experimentado ambas secciones: los Sudokus de antes tenían grados variables de dificultad, mientras que los de ahora son siempre bastante duros; por su parte, con los crucigramas ha ocurrido lo contrario: los actuales tienden a ser demasiado fáciles de resolver).
Por supuesto, hoy en día leo el periódico como Dios manda: de la primera plana en adelante. En mi etapa de retiro, sentarme en la terraza con una taza de café a leer La Nación constituye un ritual diario de los que llenan de gozo esta fase de mi vida.
Sobra decir que sigo recibiendo y leyendo la edición impresa. Sé que las noticias circulan ahora con una velocidad que el papel no puede igualar. Pero la pantalla no me ofrece el mismo disfrute: pasar las páginas, detenerse en un titular inesperado, regresar a una columna y descubrir algo que no buscaba tiene un encanto propio. Leer el diario impreso es, para mí, una manera deliberada de darle tiempo a la información.
En 2001, la vida me concedió una oportunidad que nunca había imaginado. Don Julio Rodríguez, de grata memoria, se interesó por un proyecto llamado “Democracia Digital”, en el que trabajaba con mis amigos Roberto Gallardo y Manuel Barahona. Para mi sorpresa, me invitó a colaborar con “Página Quince”. Acepté honrado y emocionado. Había en ello una razón profundamente personal: mi padre, Raúl Hess Estrada, ya fallecido, también había escrito en estas páginas. Sentí como que recogía una antorcha familiar, para continuar, a mi manera, el esfuerzo de tratar de contribuir algo positivo a la conversación pública. Esa posibilidad de escribir para los lectores del periódico sigue siendo un privilegio que agradezco.
Naturalmente, una relación tan larga no puede estar hecha solo de coincidencias. En numerosas ocasiones, he discrepado de la línea editorial de La Nación, a veces de manera frontal. Y considero natural que así sea: leer con fidelidad no equivale a aceptar sin reservas todo cuanto se publica.
Uno de mis mayores desencantos se dio en setiembre del 2009. Junto con otras personas y organizaciones, había participado en la preparación de un proyecto de reforma constitucional para avanzar hacia un Estado laico en Costa Rica, respetuoso de la libertad de conciencia y del derecho de cada persona a profesar una religión o ninguna. La propuesta fue acogida por un importante grupo de diputadas y diputados.
El día de su presentación pública en la Asamblea Legislativa, me encontraba fuera del país, pero logré conectarme por Internet para revisar la cobertura noticiosa del evento. Para mi consternación, La Nación había publicado un titular de primera página que decía algo como “Pretenden sacar a Dios de la Constitución”. Me pareció una forma desafortunada de presentar una iniciativa cuyo propósito era garantizar derechos, no perseguir creencias. A mi juicio, ese encuadre contribuyó a crear un ambiente adverso al proyecto, que, junto a otros factores, dio al traste con la propuesta.
Aun hoy, hay otras cosas que me generan resquemor al hojear el periódico, particularmente ciertas publicaciones en la sección “Viva” sobre la vida y milagros de la farándula nacional e internacional. Empero, comprendo que es un tema de gustos y que habrá quienes encuentren valor y disfrute en esa clase de notas.
En resumen, al conmemorarse su 80.° aniversario, celebro lo que La Nación ha representado en mi vida. La democracia necesita ciudadanos informados y una prensa libre. Mi historia con La Nación está hecha de noticias, historietas, café, artículos publicados y alguna que otra indignación. Es, en suma, una relación viva.
Espero que La Nación continúe muchos años más formando parte de la conversación democrática de Costa Rica.
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Christian Hess Araya es abogado e informático.