Columnistas

La globalización de la lucha contra la corrupción

Como en el caso italiano, la corrupción brasileña (y la mexicana, y la de casi toda América Latina) permea a la sociedad y se ha convertido en una forma cotidiana de vivir.

Una de las consecuencias imprevistas de la globalización es la lucha contra la corrupción. No sé si Lula da Silva se da cuenta, y ni siquiera sé si le interesa percatarse de que sus actuales pesadillas brasileñas se originaron en un orfanato público milanés, en Italia, en 1992, cuando Mario Chiesa, el gerente, le cobró una pequeña coima de unos $20.000 a la empresa de limpieza que tenía el contrato de la institución.

Era la novena vez que el pobre hombre tenía que pagar. La justificación de Chiesa, seguramente cierta, es que tenía que distribuir la plata con sus jefes. El contratista estaba “alambrado” por la Policía. Cansado de pagar sobornos, había hecho la denuncia y tenía micrófonos. Un fiscal que no le temía al gobierno, Antonio di Pietro, comenzó a tirar de la cuerda y descubrió lo que todos los italianos presentían de una manera imprecisa: que el país era una sentina. Estaba podrido de la cabeza a los pies.

La “Operación Manos limpias”, montada por Di Pietro, se saldó con la total destrucción del andamiaje político construido tras la Segunda Guerra Mundial, 1.233 condenados a la cárcel, 429 acusados absueltos y unos 30 suicidios de corruptos y no-tan-corruptos, desesperados porque sus nombres habían sido maltratados por la prensa que se apresuró, como siempre sucede, a rematar a los heridos dándoles muerte civil con un telediario o un editorial apuntándoles a la nuca.

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