Lo peor que podría ocurrir en cuatro días es que Donald Trump gane la presidencia en Estados Unidos; lo segundo más grave, que, si la pierde, rechace e intente deslegitimar el resultado. Su campaña electoral ha seguido ambos caminos, y si bien ganar es solo una posibilidad, la voluntad de dislocar el proceso es una certeza.
Nunca antes un aspirante a la Casa Blanca había hecho tan explícitas sus intenciones revanchistas, excluyentes, nativistas, oligárquicas y autoritarias como ahora. Basta con ellas para aquilatar su peligro, y razones sobran para tomarlo en serio. No solo son palabras, sino planes concretos, con antecedentes que los sustentan: recordemos, el asalto al Capitolio para impedir la proclamación de Joe Biden, el 6 de enero del 2021. A la vez, nunca antes un candidato ha desplegado tantos instrumentos para erosionar, manipular o descarrilar el proceso electoral.
Las posibilidades de que puedan bloquear un eventual triunfo de Kamala Harris son remotas: existen varias barreras legales, judiciales y políticas que lo impedirían. Sin embargo, su capacidad para crear un caos político-institucional con graves repercusiones sociales es enorme. Desde hace tiempo se activó la maquinaria para lograrlo, mediante la desinformación, los litigios y los intentos por evitar la certificación de resultados.
