Cuando Henry David Thoreau vivió en la laguna Walden, entre 1845 y 1847, y escribió su famoso libro Walden, La cabaña, el mundo experimentaba una profunda transformación, marcada por la industrialización –fábricas y nuevos ferrocarriles– y las guerras de expansión, como el “Destino Manifiesto” en México y, posteriormente, en Centroamérica. Por estas últimas, el mismo Thoreau rehusó pagar impuestos, aunque por ello fue a parar a la cárcel.
Se cuenta que Emerson, su maestro, cuando fue a visitarlo a la celda y le preguntó: “Henry, ¿qué haces ahí dentro?”, Thoreau, muy sentido, le respondió: “Waldo, ¿qué haces tú ahí fuera?”. Nos daba así ya una lección sobre su entrega ante las problemáticas sociales, como el movimiento abolicionista, expresado en su libro Desobediencia civil.
Tal ensayo estaba inspirado en las ideas del trascendentalismo como movimiento filosófico y literario del siglo XIX y veía en la naturaleza la fuente de la libertad, la autosuficiencia y el poder de las personas, frente a las conveniencias de una sociedad desigual e injusta.
Posterior a Desobediencia civil, es su experimento de vivir en una cabaña en los bosques de Walden, que era propiedad del mismo Emerson; se la cedió a cambio de que la construyera y le diera mantenimiento al lugar. Esto hizo posible que Thoreau aplicara esta filosofía, con lo cual demostró que el ser humano necesita muy poco para vivir plenamente si se sintoniza con el entorno natural.
Esta experiencia, junto con su activismo civil, lo llevó a desarrollar la idea de una “ley superior” de la moralidad, en la cual argumenta que los ciudadanos tienen el deber de romper las leyes del gobierno si estas promueven la crueldad o la opresión.
Es así como el libro Desobediencia civil, poco a poco, se convirtió en el libro de cabecera para los movimientos de derechos civiles del siglo XX, y La cabaña, en un manual para los conservacionistas. En ambos, es el individuo el que debe empoderarse de su práctica de la justicia.
Su premisa de que un individuo tiene el deber moral de desobedecer pacíficamente las leyes injustas impactó profundamente a muchos, pero, en especial, a dos de los líderes más importantes de la historia moderna:
Gandhi leyó el ensayo de Thoreau en 1907, mientras vivía en Sudáfrica, justo cuando organizaba la resistencia contra las leyes de segregación que discriminaban a la población asiática. Desarrolló así su concepto de Satyagraha (resistencia no violenta).
El texto de Thoreau le proporcionó un respaldo moral occidental para su causa. El propio Gandhi escribió: “El ensayo de Thoreau contenía la raíz de todo lo que yo estaba haciendo (...). Él prefirió ir a la cárcel por el bien de sus principios antes que someterse a una ley injusta”.

Martin Luther King Jr. leyó Desobediencia civil por primera vez en 1944, durante su época de estudiante. En su autobiografía, relató que quedó tan cautivado por la idea de negarse a cooperar con un sistema maligno que, cuando la comunidad afroamericana se negó a utilizar el transporte público segregado, King recordó las palabras de Thoreau: “Ahí fue donde me convencí de que lo que estábamos haciendo no era un simple boicot, sino una manifestación pacífica para demostrar que no podíamos seguir cooperando con el mal”.
También, según Wikipedia, León Tolstói citó Desobediencia civil como una influencia crucial para consolidar su propia doctrina de la no violencia cristiana y el pacifismo radical, la cual plasmó en sus últimos ensayos políticos.
De igual manera, Nelson Mandela y otros líderes del Congreso Nacional Africano recurrieron a los textos de Thoreau como un sustento ideológico para justificar la resistencia contra las leyes opresivas del gobierno blanco.
No obstante, cuando Henry David Thoreau, habiendo ya publicado Desobediencia civil, presentó Walden en 1854, la respuesta del público y de la crítica fue mixta y desconcertada. Para la sociedad de la época, obsesionada con el progreso económico y la industrialización, las ideas de Thoreau resultaban extravagantes.
La editorial Ticknor and Fields imprimió una modesta edición inicial de 2.000 copias, la cual tardó cinco años en agotarse.
El libro quedó descatalogado poco después y Thoreau murió en 1862, sin ver a su obra convertida en un éxito de masas. Walden no volvió a imprimirse de forma masiva sino hasta finales del siglo XIX.
Algunos críticos literarios alabaron su estilo de escritura. Lo describieron como un libro “delicioso”, “fresco” y lleno de descripciones poéticas sobre la fauna y la flora de Massachusetts.
Otros lo acusaron de ser un excéntrico, egoísta, perezoso y misántropo. No entendían por qué un hombre educado en la Universidad de Harvard decidía “perder el tiempo” viviendo como un ermitaño primitivo, en vez de buscar un empleo tradicional y formar una familia.
El verdadero impacto de Walden llegó a finales del siglo XIX y principios del XX, con el auge de las ciudades sobrepobladas, la contaminación industrial y el nacimiento del movimiento conservacionista. El libro pasó de ser visto como las memorias de un ermitaño raro a convertirse en la biblia fundacional de la ecología moderna y el minimalismo.
Y, por su parte, a pesar de que el ensayo Desobediencia civil no inspiró la redacción directa de una Constitución política en su totalidad, sentó las bases para la inclusión de un concepto jurídico moderno: el derecho a la resistencia y los mecanismos de objeción de conciencia dentro del constitucionalismo contemporáneo.
Como ejemplo de la influencia de sus ideas, podemos ver las leyes de los siguientes países y movimientos jurídicos:
Constitución de la República del Ecuador (2008): establece explícitamente el derecho a la resistencia de individuos y colectivos frente a acciones u omisiones del poder público que vulneren sus derechos constitucionales.
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999): faculta al pueblo a desconocer cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o lesione los derechos humanos.
Ley Fundamental de Alemania (Constitución de 1949): reconoce el derecho de resistencia de todos los alemanes contra cualquiera que intente abolir el orden constitucional, si no es posible otro remedio.
Son los viajes del pensamiento de un autor que encontró en los libros su nave y en las ideas una fuerza capaz de atravesar fronteras y generaciones. Un pensamiento que llegó hasta las sociedades democráticas para alimentar conceptos como la objeción de conciencia y el derecho a no actuar contra la propia conciencia, y que terminó transformando la manera en que entendemos la libertad y la responsabilidad individual.
Un largo viaje que llega hasta nuestros días y que nos recuerda el poder de un texto cuando sus ideas logran trascender a su tiempo, encontrar lectores conscientes y críticos y, desde ellos, seguir transformando la sociedad.
Dorelia Barahona es filósofa y escritora.
