Columnistas

La covid-19 tocó a la puerta

La hospitalización de mi mamá me llevó a conocer, de primera mano, no solo la tenacidad de los trabajadores de la salud, sino también cuán esencial es para familia y paciente un trato cordial

Armando Mayorga, opinión
Armando Mayorga, opinión

Mi mamá, a sus 93 años, sobrevivió a la covid-19 gracias a las cuatro vacunas y la atención de cruzrojistas, auxiliares, enfermeras y médicos de la CCSS. Fue un milagro que estuviera hospitalizada solo una semana, porque, a su edad, era para que pasara más tiempo en el módulo destinado a enfermos de covid-19 del Hospital de Salud Mental (Psiquiátrico).

Antes de eso, justo en la Nochebuena, pasó por el Max Peralta, y hago un paréntesis para subrayar cómo los empáticos “mi amor”, “mi reina” o “corazón” con los que el personal conecta con pacientes influye positivamente en la aceptación de una persona que se resiste a ser internada (como mi mamá) o que teme a una cama de aislamiento sanitario (como mi mamá). Esas palabras, perversas en otros ambientes, se convierten en medicina para el alma dentro de un hospital.

En mi caso, como esporádico visitante para dejar medicamentos personales o un celular, la amabilidad de la recepcionista y la guía cortés de un guarda para manejarme en los largos pasillos fueron un alivio. Igualmente lo fueron las llamadas diarias de la doctora Arguedas (también de los doctores Soto y Picado) para informar del estado de mi mamá. Sé que los médicos hacen ese contacto diario con cada familia. Sin duda, es una recarga de trabajo, pero, aun así, hicieron de cada reporte una pausada explicación que nos daba serenidad.

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