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La columna de Irene Vallejo: Que vuelvan, aunque sea como fantasmas

Al volver a casa, detrás de la puerta, sentimos nítidas su presencia y su espera. Cuando bajamos la guardia, escuchamos sus pasos y sus ruidos menudos por los cuartos

Silueta de una mujer realista de estilo gótico que sostiene una lámpara de mano mientras camina por un puente sobre un río, rodeado de una densa niebla, en medio de la naturaleza durante la noche. Cielo azul oscuro y dramático. Lleva un vestido largo negro y se ve de espaldas. Atmósfera fantástica.
Cuando la pérdida es reciente, una y otra vez nuestros muertos vienen a buscarnos. Ironika

Los muertos se aparecen; es un hecho comprobado. Cuando la pérdida es reciente, una y otra vez vienen a buscarnos. Al volver a casa, detrás de la puerta, sentimos nítidas su presencia y su espera. Cuando bajamos la guardia, escuchamos sus pasos y sus ruidos menudos por los cuartos. Reaparecen de golpe en una nota escrita con su letra, tararean dentro de nuestra cabeza sus canciones, incluso dicen sus frases favoritas por nuestra boca.

En la calle, a lo lejos, creemos verlos entre la gente: su nuca, su corte de pelo, su manera de andar. Los recuperamos un instante por sorpresa, se nos desboca el corazón y después volvemos a perderlos.

El impulso de contarles las buenas o malas noticias durará mucho tiempo, tal vez toda nuestra vida. Hablaremos con ellos a escondidas, en silencio pudoroso, para revivir un recuerdo, un detalle nimio, una broma con sentido oculto que nadie más sabría descifrar.

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