Star Trek me ha acompañado desde niña y, de adulta, la sigo disfrutando. Le tengo el cariño que se les guarda a las cosas que han estado presentes en distintas etapas de la vida. Entre sus personajes, Jean-Luc Picard ocupa un lugar especial por su manera de ejercer la autoridad.
De él me impresionaba, sobre todo, la capacidad de limitar su propio poder. Era el capitán. Podía dar órdenes y tenía los medios para hacerlas cumplir. Aun así, aceptaba que su rango no lo autorizaba a hacer cualquier cosa. Escuchar era parte de su trabajo. Una objeción merecía ser considerada aunque complicara la decisión que él quería tomar. Cuánto necesitamos recordar eso cuando nos corresponde ejercer un cargo de jerarquía.
Picard encarnaba la confianza en la convivencia que atraviesa la saga creada por Gene Roddenberry. En su nave, seres distintos trabajaban juntos y compartían responsabilidades. Entenderse requería esfuerzo. La paz exigía negociar y reconocer que los demás también tenían razones, incluso cuando resultaba difícil aceptarlas.
En The Measure of a Man, defiende el derecho de Data, el androide de su tripulación, a rechazar un procedimiento de investigación. Como médica, ese dilema me toca de cerca: el interés científico no basta para justificar una intervención contra la voluntad de quien deberá sufrir sus consecuencias. La pregunta que plantea ese episodio alcanza muchas otras decisiones. Estar convencidos de tener razón puede volvernos indulgentes con nuestros propios excesos. Creer que actuamos por una buena causa tampoco nos libera de responder por los medios que empleamos.
Pienso en ello cuando discutimos cómo tratar a quienes han causado daño. Deben responder por sus actos, y las víctimas merecen justicia y protección. Pero esa exigencia no nos autoriza a humillar ni a disfrutar del sufrimiento ajeno. Cuando alguien queda bajo nuestra custodia, tenemos una responsabilidad que su conducta anterior no borra. Podemos exigir una sanción sin celebrar la crueldad. Me preocupa la facilidad con que llegamos a justificarla cuando sentimos miedo o rabia. Los principios que defendemos deben servirnos precisamente cuando respetarlos cuesta. Su valor se prueba también frente a quienes despreciamos.
Patrick Stewart llevó parte de ese compromiso fuera de la pantalla. Durante años, colaboró con Refuge y Amnistía Internacional contra la violencia hacia las mujeres. Habló de las agresiones que su padre ejercía contra su madre y de su experiencia como niño que las presenciaba. Puso su reconocimiento al servicio de otras personas que sufrían violencia.
Encuentro una congruencia valiosa entre esas acciones y los valores que transmitía como Picard. Compartir una parte dolorosa de su infancia para denunciar el abuso fue una decisión personal, sostenida en un compromiso público. Eso añade una razón más para admirarlo.
Después de tantos años, me queda de Picard una exigencia sencilla de formular y difícil de cumplir: responder por lo que hacemos cuando tenemos la última palabra. Me gustaría que la tuviéramos presente al elegir a quienes nos dirigen y al revisar nuestra propia conducta.
Hasta siempre, capitán. Nos invitaste a ir a donde nadie había llegado antes. Gracias por recordarnos que, por lejos que lleguemos, debemos conservar nuestra humanidad.
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María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.