El jerarca de Justicia, todo de negro, protegido por guardas armados y acompañado por cámaras, irrumpe en la cárcel de Puntarenas para interpretar un videoclip que circulará en redes. En un entorno sombrío, agrede, increpa, reta y amenaza a quienes nada pueden hacer, porque están tras las rejas. Al final, música a lo Rambo y el título “Los jachudos van directo al CACCO” (la anunciada “megacárcel”), junto al logo del Ministerio, para que nadie dude del carácter oficial.
Es la humillación del otro como presunta lección de disciplina; la reducción de seres humanos a la condición de objetos; el desdén por la dignidad para proyectar firmeza; la crueldad trocada en móvil de acción; la proclamación pública del rencor para captar adeptos. En fin, la degradación extrema: de los reos, sin duda, pero también del ministro.
Quisiera creer que tan deleznable espectáculo fue producto de una aberración singular del funcionario. Sin embargo, me temo que es una representación extrema, pero consecuente, de dos rasgos clave del quehacer político oficialista:
1) Uno, la centralidad del espectáculo como variable estratégica clave, para eludir tareas sustantivas, atacar, denigrar, crispar, distraer, agobiar, exagerar y –eventualmente– imponer. 2) Otro, su uso para vulnerar principios de respeto, empatía, solidaridad, racionalidad y tolerancia esenciales en la vida democrática, y para normalizar los impulsos del resentimiento, la frustración y el odio como normas de conducta. Sus objetivos: separar, enfrentar, polarizar.
El ministro Chaves, precedido de una interminable lista de insultos durante su presidencia, saca la lengua y hace muecas a un ciudadano en Cartago. La presidenta Fernández dice que el país no recibirá más “basura” desde Colombia. El partido de gobierno manipula y moviliza como cosas a un grupo de ciudadanos, para que griten a diputados de oposición en Puntarenas. Una de ellas recibe chiflidos de un colega oficialista.
Estos cuatro casos palidecen ante el montaje carcelario. Sin embargo, son parte de la misma línea, y el conjunto no pasa inadvertido ni carece de consecuencias. Al contrario, imprime profunda huella, corroe la convivencia y también nos degrada como pueblo. Mucho del daño ya está hecho. Debemos tratar de que no se ahonde y amplíe.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.