Desde que me enteré, pensé que la visita de la presidenta Laura Fernández a su colega colombiano era una mala idea. No por Abelardo de la Espriella. Nos guste o no (a mí no), lo eligió el pueblo. Además, con Colombia tenemos estrechos vínculos y el potencial de estrecharlos aún más.
Mi gran duda se originó en la oportunidad y naturaleza del viaje. Ayer, sus “réplicas” llegaron al extremo, con la destitución del canciller Manuel Tovar.
La visita estuvo precedida por la torpeza de llamar “basura” a un tipo de gente que, según Fernández, “nos mandan” desde allá. Marginó a la Cancillería. La acompañaron los ministros de Seguridad, Justicia y Comunicación, además del director de la DIS. Para viajar, se ausentó del importante debate de alto nivel de las Naciones Unidas, y fletó a Tovar para que representara al país. Y aunque el eje del viaje fue la seguridad (“mano dura”), no se divulgó ningún acuerdo formal.
De la Espriella la recibió en Barranquilla, pujante y bella ciudad que, sin embargo, no es la capital. Tras el encuentro, la incomodó al decir que la presidenta se había comprometido a analizar la eliminación de visas a los colombianos. Irónico, aseguró que no nos mandarían “basura”. Luego, y a pesar del género masculino con que denomina su cargo, Fernández visitó la tienda de una diseñadora colombiana junto a la primera dama. Nada malo, si no fuera porque aceptó reducir su investidura a un vetusto rol femenino que no le calza.
El martes 22, mismo día del encuentro barranquillero, Trump realizó, en la ONU, una reunión con los países integrantes del “Escudo de las Américas”, la mayoría representados por sus presidentes. De la Espriella había justificado su ausencia; Fernández, no. Ahora dice que desconocía el encuentro, achacó a Tovar ocultárselo y suplantarla, y lo defenestró de forma humillante.
Si algo grave demuestra este episodio, no es solo una posible falta del canciller, sino, y peor aún, un desordenado orden de prioridades y una pésima coordinación gubernamental. Cuando el furor mediático suplanta a la sustancia, las consecuencias –también sustantivas– no tardan en surgir. Lo paradójico es que, esta vez, sufrieron ambas dimensiones. Fernández estuvo fuera de la ONU, fuera del Escudo y sin foto con Trump, sin duda más apetecida que con De la Espriella.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
