“El 20 de octubre no solo deberíamos marchar por la educación pública; deberíamos acampar frente una Asamblea Legislativa y Gobierno que no quiere escuchar. Así como está sucediendo en Francia y España, defender que la política deje de ser de ficción y resuelva problemas reales”.
Para el PPSO, el texto constituyó una incitación a la violencia, aunque en España no ha existido, y en Francia, la mayoría de las multitudinarias manifestaciones han transcurrido en paz. Los saqueos y el pillaje provinieron de grupúsculos. El presidente Emmanuel Macron lo reconoció y defendió el derecho a la protesta pacífica. Además, Robles pidió “acampar”, algo en extremo pasivo, no agredir. Y la palabra “violencia” no aparece en ningún lado.
Solo un mago podrá encontrar en la publicación un posible delito; la acusación caerá por su propio peso y quedará expuesta su frivolidad. Error obvio, pero no fatal. El de la investigación sí lo es. Usar la Comisión de Derechos Humanos para perseguir a alguien que ejerce uno esencial –la libertad de expresión– y estimula otro –la de manifestación– es una grosera contradicción.
Como si esto fuera poco, Robles, a quien le sobran recursos retóricos, contará con una tribuna político-mediática ideal para acusarlos de violar esos derechos, defender las libertades públicas y, de paso, plantear denuncias comprometedoras. Mejor regalo y megáfono, imposible.
Si el exdiputado y excandidato es hoy un personaje nacional, no se debe solo a sus propios merecimientos, sino a los ataques del entonces presidente Chaves y las polémicas con su excolega Pilar Cisneros. Ahora podrá ampliar su estatura.
Las emociones se valen en política. La irracionalidad puede ser fatal. Solo por ella se explican ambas decisiones. Robles ha de estar salivando. Con razón.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.