Columnistas

El discreto encanto de la indiferencia

Vivimos en un mercado de seducción, no de venta de bienes y servicios.

Jaime Robleto
Jaime Robleto

No lo considero falta de originalidad. Me gusta trastocar a veces los títulos de películas fundamentales, como un homenaje a esas obras fílmicas que marcaron una senda de la conformación de mi identidad. Luis Buñuel, quien nunca abandonó su sesgo surrealista, ganó el óscar a la mejor película extranjera por El discreto encanto de la burguesía (1972), muy recomendable por lo macabramente divertido de su planteamiento.

Gilles Lipovetsky, el reconocido filósofo y sociólogo francés, ha pontificado que la sociedad posmoderna es aquella en la cual reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de estancamiento y reiteración, se banaliza la innovación y ya no existen ni ídolos, ni tabús.

En una simplificación odiosa, se puede agregar que casi todo lo que se venía gestando desde el Siglo de las Luces (mediados del siglo XVIII hasta el XIX) se ha ralentizado. En La Ilustración, existía una fe ciega en la razón. A través de ella se creía era posible asegurar el progreso de la humanidad. Al menos esa era la consigna.

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