Negociar puestos en el gobierno o embajadas a cambio de votos parecía ser una práctica proscrita de la Asamblea Legislativa, pero la diputada Sofía Guillén Pérez, del Frente Amplio, vino a confirmar que la mala costumbre opera con vitalidad en los sillones, detrás de las luces y cámaras, aunque en los discursos se le quiera dar por muerta.
Dolorosa realidad, porque pone sobre la mesa, y bajo sospecha, nombramientos de figuras de supuestos “partidos de oposición” representados en el Congreso o de familiares que pasaron a ocupar cargos diplomáticos —sin noción del manejo de la política exterior— o puestos internacionales con solo la bendición de la presidencia. Es el atropello de la premiocracia a la meritocracia.
Evidencia la incapacidad de diputados oficialistas y del gobierno en el milenario arte de la negociación sobre la mesa. Cierto, es más complicado porque implica inteligencia, control de emociones, dominio de la situación, estrategia y horas de intercambios para convencer, consensuar o ceder. ¿Mucho pedir? Quizás, aunque esa es la regla cuando se es minoría en el Congreso: negociar y no tentar.
