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¿Egoístas o altruistas? Una síntesis democrática

La pregunta nos ha perseguido a lo largo del tiempo, al intentar definir la naturaleza humana

¿Egoístas o altruistas? La pregunta nos ha perseguido a lo largo del tiempo, al intentar definir la naturaleza humana. La respuesta, anclada en la biología evolutiva a la que tanto aportó el recién desaparecido científico y humanista Edward Wilson, está de sobra resuelta: ambas cosas. Somos una pequeña caja de impulsos en pugna.

En la dimensión individual, la (buena) síntesis dependerá en gran medida del autocontrol, la introspección, la educación y el ejemplo de quienes nos rodean. En la social, es más complicado. Su resultado está ligado no solo a factores individuales, sino a cómo organizar las interacciones de personas y grupos. Y en ese ámbito de lo social que es la política, la clave para el mejor resultado son las instituciones democráticas. Me refiero a las normas y estructuras acordadas libremente que enmarcan, guían y limitan, con capacidad de renovación, el ejercicio del poder, a sabiendas de que si este se deja solo a la voluntad de quienes lo detentan, el resultado, más que egoísta, será catastrófico.

Lo anterior sintetiza por qué tengo tanto recelo de los dirigentes (o aspirantes a serlo) que plantean como divisa para llegar al poder su simple y declarada voluntad de hacer el bien, lo que a menudo pasa, según su discurso, por desdeñar —o hasta perseguir— a quienes hacen el mal. Como se trata de una distinción tan subjetiva, en ausencia de instituciones que filtren estos impulsos, el resultado será la arbitrariedad.

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