Durante décadas, una célebre máxima de la ciencia política latinoamericana rezaba que si Estados Unidos estornudaba, América Latina sufría un severo resfrío. La metáfora ilustraba nuestra vulnerabilidad histórica ante las oscilaciones económicas y las mareas ideológicas del gigante del norte.
Sin embargo, los vertiginosos acontecimientos de las recientes elecciones de medio término en Estados Unidos invitan a reinterpretar la vieja alegoría desde un prisma inédito y esperanzador: esta vez, el estridente estornudo político en Washington no trae consigo un contagio febril, sino una ráfaga de aire fresco que promete limpiar los bronquios de una región asfixiada por el auge del autoritarismo y la polarización.
El Partido Demócrata no solo reconquistó la Cámara de Representantes superando ampliamente los 218 escaños necesarios, sino que logró dar un vuelco monumental al Senado, arrebatando bastiones ultraconservadores que parecían inexpugnables.
El contundente mensaje de las urnas –donde casi la mitad de los votantes manifestó explícitamente su intención de censurar la gestión de la Casa Blanca y el voto joven y latino le dio la espalda de forma abrumadora al proyecto MAGA– ha puesto fin al monopolio legislativo republicano y restaura el principio fundamental de la división de poderes.
Este terremoto político en el Norte no es un hecho aislado; resuena con fuerza en América Latina. Durante los últimos años, nuestra región ha experimentado un inquietante giro hacia lo que diversos académicos caracterizan como una “nueva derecha” o populismo de extrema derecha.
Con honrosas excepciones con marcos democráticos abiertos –como México y Brasil–, un número alarmante de gobiernos latinoamericanos se amoldaron al patrón trumpista.
Desde el modelo de estado de excepción permanente en El Salvador, hasta las embestidas contra la libertad de prensa y el espacio cívico en la Argentina de Javier Milei, pasando por el legado de soberanismo exacerbado de Jair Bolsonaro en Brasil, proliferaron liderazgos que hicieron del ataque a las instituciones, la xenofobia y la confrontación cultural su principal marca de fábrica.
A esta deriva autoritaria se suman graves inconsistencias éticas que manchan la memoria histórica de la región. Ejemplo doloroso de ello es la vergüenza moral que suscita la decisión del gobierno chileno de otorgar indultos y beneficios a condenados por flagrantes violaciones a los derechos humanos y crímenes contra menores, disfrazando la impunidad bajo el velo hipócrita de un supuesto “gesto de bondad” o misericordia.
Cuando el poder político relativiza la justicia para complacer pactos oscuros o agendas de apaciguamiento, debilita la columna vertebral del Estado de derecho y traiciona el imperativo ético irrenunciable del “nunca más”.
Muchos de estos mandatarios se sintieron legítimamente “ungidos” por el magnate neoyorquino, y replicaron no solo sus políticas sino su estilo: el descrédito sistemático de los contrapesos judiciales, la persecución del disenso, la militarización de la seguridad pública y un abierto desprecio por el respeto a la diferencia. Para ellos, la figura de Trump constituía un escudo geopolítico y una validación moral de que era posible gobernar mediante el odio, la desinformación y el atropello institucional sin pagar costos electorales.
Sin embargo, algunos informes internacionales sobre el estado global de la democracia ubican precisamente a Estados Unidos bajo la segunda presidencia de Trump como uno de los casos más drásticos de degradación y autocratización acelerada.
Al perder su estatus histórico de democracia liberal y sufrir una erosión masiva en la libertad de expresión, los derechos civiles y los controles sobre el Ejecutivo, el modelo que los autoritarios criollos pretendían copiar demostró sus fatales grietas.
Aquí radica la potencia liberadora del reciente veredicto popular estadounidense. El triunfo demócrata en el Congreso demuestra de manera incontestable que los discursos absolutistas, la degradación deliberada de las libertades individuales y la insensibilidad social ante el costo de la vida tienen una fecha de caducidad inapelable.
Muestra que la ciudadanía, lejos de ser un espectador pasivo, conserva en la herramienta del voto castigo la capacidad de restaurar la cordura democrática cuando la arrogancia del poder pretende situarse por encima de las leyes.
Para América Latina, la estruendosa derrota republicana en los bastiones conservadores debe actuar como un potente antídoto contra la resignación. La paradoja del viejo refrán se invierte: si el estornudo autoritario de Washington amagó con expandir el resfrío de la intolerancia y el neofascismo en nuestra región, el freno que el pueblo estadounidense le ha impuesto al extremismo trae un vendaval de regeneración democrática.
Es el momento de que la ciudadanía latinoamericana recupere el valor de la institucionalidad, defienda la independencia de los poderes públicos y revalorice el respeto a la diversidad política y social.
El populismo autoritario pretende hacernos creer que la democracia es una molestia prescindible o un simple cascarón al servicio de hombres fuertes. Los resultados en Estados Unidos demuestran exactamente lo contrario: que la fiscalización, la transparencia y los contrapesos son las únicas garantías reales para proteger la dignidad humana y el bienestar colectivo.
Costa Rica, como faro histórico de paz, derecho y convivencia democrática, debe mirar este horizonte con especial lucidez e identificar los peligros que acechan en su propio suelo. Ojo con quienes siguen desafiando los contrapesos constitucionales que han garantizado la estabilidad republicana de nuestra nación. No insistamos en seguir la receta autoritaria que ya ha desmantelado democracias vecinas.
La resiliencia institucional no se improvisa; se cultiva activamente rechazando los cantos de sirena de quienes prometen soluciones personalistas a costa de alterar las reglas del juego democrático.
i el aire en la capital del Norte finalmente empieza a despejarse, permitamos que esa brisa recorra nuestro continente, desaloje las toxinas del odio y libere los bronquios de nuestra América Latina para volver a respirar democracia plena.
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Juan Pablo Ferrari es periodista y consultor.