El viernes 9 de julio, Paul Krugman, premio nobel de economía y columnista del New York Times, confesó no conocer la razón por la cual Costa Rica se ubica en los niveles más altos del mundo en el índice de felicidad autorreportada por sus habitantes. Tan bien salimos ahí que nuestro grado de felicidad es solo comparable al de los países nórdicos, a pesar de solo tener una tercera parte de la riqueza material de ellos, medida por el producto interno bruto per cápita.
La verdad es que yo tampoco tengo una explicación, ni siquiera una mala teoría. Y, agrego, me cuesta imaginar que seamos un pueblo de los más felices del mundo cuando veo quejas y protestas por todo lado, tanto escándalo un día y otro también y violencia cotidiana en nuestras casas y carreteras. Si la felicidad es vivir en ese barreal nuestro de cada día, no puedo entonces siquiera imaginar lo que pueden sentir los ciudadanos de China al levantarse cada día, pues, con un PIB per cápita similar al nuestro, se declaran mucho más infelices.
El llamativo resultado de la felicidad tica que Krugman refiere no es un resultado extraño ni sorpresivo. Todo lo contrario, es un hallazgo consistentemente reportado por numerosos otros estudios sobre la materia. O sea, más crece el misterio: ¿Será que somos los más grandes hipócritas del mundo, esclavos como nadie del qué dirán? ¿Será que el «pura vida» se ha convertido, además de dicho, en una filosofía práctica de vida aplicada por gran cantidad de ticos? ¿Será que, por egoístas, nos vale madre que el país ande por mal rumbo siempre que tengamos unas birras para matizar el fin de semana?
