Al cambiar de año, guardo el retrovisor y apunto el telescopio al 2023. No pretendo formular pronósticos, sino presunciones, atando puntos y vinculando hechos, para explorar algunas tendencias globales. Aquí voy:
La invasión rusa a Ucrania detonó, al menos, tres. La primera, mayor unidad estratégica europeo-estadounidense, mediante la OTAN; gran riesgo: diferencias comerciales por subsidios proteccionistas de Washington, que irritan a Europa. La segunda es el paulatino —y muy cuidadoso— alejamiento de cinco países centroasiáticos de la órbita moscovita: Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán, todos ricos en recursos, pero pobres en libertad. Irá aparejado de creciente acercamiento a China. Y la tercera, mayor ímpetu de la transición energética, impulsada por los altos precios y erráticos suministros de hidrocarburos, presiones sociales y el desarrollo del hidrógeno “verde”.
La suma de agresión rusa, ambiciones chinas, suspicacias europeas y acciones estadounidenses exacerbará la competencia entre polos geopolíticos: uno autoritario-orientalista; el otro, democrático-occidental. En este contexto, la influencia de la India y de las llamadas potencias medias —por ejemplo, Turquía, Indonesia, Sudáfrica, Arabia Saudita y, quizá, Brasil— aumentará.
