Hace casi medio siglo, cuando estudiaba en Escocia, sin Internet, televisión por cable ni celular, y casi aislado de Costa Rica, mi muy preciado medio de información impreso era la edición de los lunes de La Nación, con su amplia sección deportiva.
Un gran amigo, Gastón Myrie, tan futbolero como yo, me la enviaba semanalmente por correo, y mitigaba así mi deseo de leerla todos los días como infaltable fuente de información. Gracias a Gastón y a La Nación, pese a la lejanía, pude seguirle el pulso a lo que sucedía en Costa Rica.
Freddy Pacheco León, Heredia
Mis mañanas empiezan con el diario y el café
Soy una lectora adepta de La Nación desde mi llegada a este maravilloso país, hace 46 años. Comparto una tradición entrañable: mi esposo, costarricense de estirpe lectora, recordaba siempre cómo corrió emocionado hacia la puerta para recibir el primer ejemplar y alzarlo ante sus hermanos como un trofeo.
Hoy, el diario y el café siguen inaugurando mis mañanas. Tras un vistazo rápido a los titulares, voy directo al editorial y a la sección de cartas –en la que he tenido el privilegio de colaborar–, aunque mi espacio predilecto son los artículos de opinión, donde voces cultas e inspiradoras reflejan el alma de la cultura tica. Leer La Nación a diario es, para mí, tan esencial como escuchar la música de Mozart.
Silvia Gagneten Barbetta, Rohrmoser
Un compañero en mi formación
Leer La Nación representa, para mí, mucho más que informarme sobre los acontecimientos nacionales e internacionales. Es una oportunidad cotidiana para reflexionar, contrastar opiniones y comprender mejor la realidad del país. A lo largo de los años, este periódico ha sido un compañero en mi formación profesional y en mi interés permanente por los asuntos nacionales.
Valoro especialmente que sus espacios les permitan a los ciudadanos expresar sus inquietudes, críticas y propuestas. Como lector frecuente de la sección de Opinión, considero que el periodismo independiente y la libertad de expresión son pilares fundamentales de nuestra democracia. En sus 80 años, mi deseo es que La Nación continúe siendo un espacio abierto al pensamiento crítico y al debate respetuoso.
Guillermo Rivero González, Desamparados, San José
Ritual infaltable
Aprendí a ver (no a leer) La Nación desde muy pequeño, cuando mi padre la compraba en barrio México, hace unos 70 años. Lo veía sentado, con su café a un lado, un cigarro entre los dedos y un papel grande desplegado: La Nación. Eran tres ceremonias irrepetibles todos los días. Ya en la escuela, cuando me mandaba a comprar el diario, me di cuenta de que se trataba de La Nación. De ahí, mi padre, calderonista de hueso colorado, sacaba toda la información para sus discusiones.
Pasó el tiempo. En 1969, me publicaron mi primera carta a la columna. Como se permitía el seudónimo, la firmé con el nombre de Marva (de Mario Valverde). A los días, el poeta Isaac F. Azofeifa me contestó en la página 15: “La señorita Marva escribió…“. Muchos años después, tuve la oportunidad de contárselo al maestro Azofeifa, quien se murió de la risa.
A la fecha, la tradición de mi padre continúa. Todos los días compro La Nación y son cientos las cartas que he publicado.
Mario Valverde Montoya, San Rafael de Montes de Oca
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