Opinión

Café y estabilidad democrática

No se puede esperar a que llegue la ruina

La producción cafetalera, cuando ha tenido un sustento importante en la pequeña y mediana empresa, como ha sido el caso de Costa Rica y algunas regiones del continente, ha contribuido a crear un tejido social sano y progresista. La cantidad de empleos directos generados por la actividad no solo ha permitido ocupar la mano de obra familiar de manera intensiva, sino que además ha demandado mano de obra adicional durante la recolección.

El empleo indirecto, en comercio, servicios e industrialización del café, es aún mayor, y lo más importante es que la riqueza generada se observa a primera vista en las zonas donde se cultiva y en el país. Basta contrastar las zonas cafetaleras con las bananeras para ver la diferencia. Mientras en las primeras florecen, literalmente, la viviendas cuidadas por sus dueños y se consolidan con obras públicas, organizaciones comunales y de cooperación e instituciones educativas, las comunidades y pueblos, en las segundas, que producen también gran riqueza, el progreso es lento y las comunidades solo se consolidan cuando surgen asentamientos campesinos en las cercanías.

Valor cultural. El café, cuando lo cultivan campesinos y granjeros, genera umbral de ciudadanía, en cuanto proporciona ingresos suficientes a los productores para pagar impuestos y para velar y demandar de las autoridades locales la realización de las obras comunales necesarias para el desarrollo. La competencia por los mercados tensa el arco creativo de los productores, estimulando el mejor uso de las variedades, en la aplicación de técnicas productivas eficaces y en el uso de racionalidad administrativa. Por eso la educación en las zonas cafetaleras responde a las necesidades de la explotación y del ascenso social, y se ha transformado en un valor cultural nacional.

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