La producción cafetalera, cuando ha tenido un sustento importante en la pequeña y mediana empresa, como ha sido el caso de Costa Rica y algunas regiones del continente, ha contribuido a crear un tejido social sano y progresista. La cantidad de empleos directos generados por la actividad no solo ha permitido ocupar la mano de obra familiar de manera intensiva, sino que además ha demandado mano de obra adicional durante la recolección.
El empleo indirecto, en comercio, servicios e industrialización del café, es aún mayor, y lo más importante es que la riqueza generada se observa a primera vista en las zonas donde se cultiva y en el país. Basta contrastar las zonas cafetaleras con las bananeras para ver la diferencia. Mientras en las primeras florecen, literalmente, la viviendas cuidadas por sus dueños y se consolidan con obras públicas, organizaciones comunales y de cooperación e instituciones educativas, las comunidades y pueblos, en las segundas, que producen también gran riqueza, el progreso es lento y las comunidades solo se consolidan cuando surgen asentamientos campesinos en las cercanías.
Valor cultural. El café, cuando lo cultivan campesinos y granjeros, genera umbral de ciudadanía, en cuanto proporciona ingresos suficientes a los productores para pagar impuestos y para velar y demandar de las autoridades locales la realización de las obras comunales necesarias para el desarrollo. La competencia por los mercados tensa el arco creativo de los productores, estimulando el mejor uso de las variedades, en la aplicación de técnicas productivas eficaces y en el uso de racionalidad administrativa. Por eso la educación en las zonas cafetaleras responde a las necesidades de la explotación y del ascenso social, y se ha transformado en un valor cultural nacional.
En otras palabras, el café no solo genera empleo y construye comunidades prósperas, sino que genera ciudadanía, estimula la superación personal y colectiva constituyéndose en sólido soporte de la democracia costarricense. Quien lo desee puede ampliar su visión en el libro de Mario Samper y otros Café, sociedad y relaciones de poder en América Latina (Editorial UNA 2000), referencia obligada para conocer el impacto que ha tenido el café en nuestros países.
Participar en mercado. La severa crisis que afecta al café, desde hace varios años, por la incorporación de Asia a la producción y el manejo oligopolístico de los precios por parte de las transnacionales, al productor y al consumidor, no se puede ver como un problema transitorio de mercado. Incluso, si se produjera un desastre natural que afectara la cosecha mundial y subieran los precios, el problema retornaría poco después ya que solo se pueden obtener precios adecuados si se participa en el mercadeo de los países consumidores. Esto implica que la solución para el café no depende solo de ayudas estatales ocasionales, sino de la visión y organización de los productores y toda la industria cafetalera nacional para participar directamente en el mercado.
En este aspecto ha sido visionario el libro del profesor Otto Calvo Coin y del empresario Luis Wachong Ho, Sistema de café y cooperativismo , editado por la UCR en 1998. Los autores, previendo la actual crisis, señalaban que "se debe promover la siembra de más sustitutos...y...como lo hace Jamaica con su café Blue Mountain, introducir una marca propia en el mercado mundial y defenderla". El Estado, desde luego, debe participar en ese esfuerzo, pero como promotor, al servicio del sector cafetalero, no como ejecutor, pues impediría la generación de las capacidades empresariales que se requieren para mantener presencia en el mercado cafetalero.
Desde el punto de vista social y político, la crisis cafetalera debe tratarse y enfrentarse como una emergencia nacional. No se puede esperar a que se produzca la ruina y se afecte irreversiblemente el tejido social nacional; es necesario actuar de inmediato, con visión y perspectivas de mediano y largo plazo. De otra forma, serios peligros se cernerán sobre la sociedad y la estabilidad política del país.