Opinión

Átomos de soberanía

El elector es el patrón

El poder supremo en una democracia lo tiene el elector. Es un irrespeto, por tanto, a su poder, y a la soberanía para elegir que le corresponde, no reconocerles, como ocurre, la opción de votar por "ninguno", impresa en una de las casillas de la papeleta. Porque el derecho, y la correlativa obligación –cuando existe– incluyen el de rechazar, por malas, las opciones que le planteen. La negación indebida de ese derecho, y la correlativa ausencia de esa casilla, los exhortos y los regaños interesados para que vote por lo que hay –como si fuera ganado que debe comer lo que le pongan en la canoa– lo irrespetan profundamente en su soberanía. Porque el soberano es el elector y debe poder mandar a los partidos ese mensaje de que no le gusta lo que le ofrecen.

Si se hubiera planteado antes esa posibilidad, no habríamos caído en el deterioro actual de los partidos, que perdieron el norte del interés nacional y adoptaron el de sus maquinarias, porque automáticamente habrían tenido que regenerarse para recuperar el favor de los electores. Por eso, negar al elector la posibilidad de decir no, es negar el principal mecanismo regulador del sistema.

Mediatizadores. Secuestrados por sus dirigentes y sus maquinarias, enquistados también en el Estado, los partidos dejaron de ser mediadores entre la sociedad civil y el Estado, para convertirse en mediatizadores de todo al servicio de los partidos. Y, correlativamente, dejaron de ser de la gente para convertirse, en expresiones del Estado secuestrado por los partidos, ante la gente.

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